lunes, 25 de febrero de 2013

DWORKIN, UN LIBERAL


            El 14 de febrero último falleció en Londres Ronald Dworkin, filósofo del derecho que ha destacado por su crítica al positivismo y al conservadurismo, así como su defensa del liberalismo. En el ámbito académico se abrió un gran espacio con su colección de ensayos Los derechos en serio y por su primera obra sistemática El imperio de la justicia. Muchos han sido los aportes a la reflexión filosófica sobre el derecho, y muchos sus intérpretes, aunque no todo ellos han entendido los objetivos de la obra de Dworkin.
            En España, y en Perú, se ha generalizado una idea bizarra respecto de la obra de Dworkin, según la cual su obra se inserta dentro de lo que ellos llaman la Teoría de la argumentación jurídica. Los españoles y los peruanos que han hecho sus postgrados con ellos consideran, extrañamente, que existe algo así como una escuela de filosofía del derecho que puede ser llamada “Teoría de la argumentación jurídica”, en la cual colocan a filósofos y juristas que tal vez no tengan mucho que ver entre sí. Hasta Kelsen, uno de los padres de  sostenía que es necesario un nivel de interpretación del derecho, lo que presupone además una argumentación. Colocar el legado de Dworkin en esa ubicación no permite entender el alcance de la fuerza su pensamiento.
            Ronald Dworkin, así como John Rawls, se inscriben al interior de la posición conocida como “liberalismo político”, que entiende la conexión entre el derecho, la política (interpretada en sentido liberal) y la moral. Ambos se oponen al conservadurismo positivista. Las diferencias centrales entre un liberal y un conservador en el campo del derecho es son dos: el liberal considera la primacía de los derechos y libertades individuales, además de considerar que las normas del derecho se crean en la actividad jurisprudencial; en cambio, el conservador desestima la primacía de los derechos y libertades  individuales (colocando otros principios, como el de la utilidad o las consecuencias) y consideran que las leyes no se crean, sino se descubren. La posición conservadora se ha manifestado en el debate estadounidense con la posición de Hart, razón por la cual Dworkin inicia su empresa intelectual en debate con él.
            La conexión que el liberalismo político establece entre el derecho, la política y la moral se presenta en Dworkin de la manera siguiente: en la actividad del derecho, y especialmente en la actividad de los jueces al enfrentar los llamados casos difíciles, la decisión política de los jueces interviene y es relevante. Esta decisión política se expresa en la actividad interpretativa del caso, y tiene como referentes importantes los antecedentes jurisprudenciales. Pero, a diferencia del realismo jurídico, en la cual la decisión política de los jueces se encuentra capturada por la posición partidaria y los prejuicios morales de los mismos, en el caso del liberalismo político, tal decisión política se encuentra articulada con las pautas de la moral liberal, lo que convierte a la política de partidaria en liberal. La integralidad del derecho, es decir, la conexión entre derecho, política liberal y moral, orienta la actividad jurisprudencial hacia la libertad y la igualdad de los ciudadanos. Pero, además, conecta la práctica del derecho con el resto de instituciones que conforman una sociedad liberal. La comunidad liberal (Dworkin) o la estructura básica de la sociedad (Rawls) es lo que permite la articulación de la actividad jurisprudencial con el resto de instituciones de la sociedad por medio de una política liberal.
            Esta conexión con la política es lo que permite a los jueces crear leyes para enfrentar casos complicados. Pero, además, se encuentra detrás de esto una concepción liberal sobre el derecho y la moral según la cual las normas jurídicas y morales se constituyen por medio de un proceso de construcción racional y no se “descubren” en la naturaleza de las cosas. Estas ideas suenan como insulto en la mente de los positivistas. Conservadores como son, los positivistas consideran que la actividad del derecho debe ser neutral y no contaminarse políticamente. Esta exigencia positivista no se muestra más que como hipocresía, pues bajo el manto de la “neutralidad” los jueces colocan sus propios intereses partidarios, como en el cuestionado fallo Villastein. De otro lado, la idea de que el derecho se crea a través de un  procedimiento político-liberal, suena como aberración para los oídos conservadores de los positivistas, ya que para ellos los derechos no se crean, sino que se descubres positivizados.  
            Es por estas razones que el legado intelectual de Dworkin debe de desmarcarse de la domesticación que la llamada teoría de la argumentación jurídica le está imponiendo en el mundo hispanohablante para que pueda mostrar su fuerza liberal y cuestionadora que tiene como parte del liberalismo político.

domingo, 17 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA, UN SIGNO DE LOS TIEMPOS


            Es evidente que el papa Benedicto XVI no es solamente un  signo de agotamiento físico. El hecho de que el lunes haya señalado que se trata de un  agotamiento espiritual y de que el miércoles, ante los obispos, cardenales y fieles reunidos para la celebración del Miércoles de Cenizas, celebración que marca el inicio de la cuaresma, la división y la pugna que existe en la Iglesia son señales de algo más que el agotamiento de un Papa. Algunos han comparado la actitud de Benedicto XVI con la de Juan Pablo segundo, increpándole al aún actual Papa el haberse “bajado de la cruz”. Este tipo de comparaciones y acusaciones no tienen sentido, si se tiene en cuenta el carácter, el tiempo y la posición en el campo de las ideas que diferencian a ambos.  
            Lo cierto es que la actitud de Benedicto XVI expresa un mensaje claro: hay algo que no va bien en la Iglesia y se requiere de una transformación. Dejaré entre paréntesis la pregunta de si el Papa vio la necesidad de transformar algo, porqué no lo hizo, en vez de renunciar.  Parece que intentó hacerlo, pero no lo consiguió, y en vista de su agotamiento, considera que no logrará hacerlo en el futuro. Es por ello que decide hacer dos cosas importantes: 1) señalar enfáticamente que hay una crisis en la Iglesia (la misma renuncia enfatiza este hecho) y 2) dejar el encargo de afrontarla a su sucesor. Sea quien fuere el sucesor de Benedicto XVI, no podrá ignorar que tiene que enfrentar el problema, eso queda claro.
            Ahora, la cuestión central consiste en identificar de qué clase y magnitud es la crisis ante la que se encuentra la Iglesia Católica. Una primera mirada conduce a la tentación de considerar que la crisis es de corrupción financiera y los escándalos de pedofilia. Si fuese ese el caso la solución es fácilmente identificable, a saber, combatir a los corruptos y poner a mano de la justicia civil a los pederastas. Esto no significa que ello sea fácil de hacer, pues el sector corrupto puede estar muy bien posicionado y ofrecer resistencia eficaz. Pero esta interpretación de la crisis puede ser superficial. Sospecho que la crisis es más profunda y tiene sus raíces en la teología conservadora dominante, que el mismo Benedicto XVI defiende.
            La renuncia del Papa por el agotamiento físico y espiritual es algo que tiene consecuencias teológicas importantes, además de las consecuencias políticas y eclesiales que han sido mencionadas estos días. Se trata de elementos temporales que irrumpen en el campo de lo sagrado y atemporal. Esto rompe con una idea central en la teología, según la cual lo sagrado irrumpe en lo temporal por medio de la encarnación de Dios en Jesús, y no al revés. Teológicamente, esta decisión invierte esta figura. Dicha inversión quiso ser evitada por Juan Pablo II, razón por la cual siguió siendo Papa hasta la llegada de una muerte dramática. Se podrá decir que la dimisión es una figura prevista por el derecho canónico, pero lo que estoy indicando no es la figura jurídica, sino las razones dadas. Esas razones erosionan la teología tradicional.
            La teología tradicional, conservadora y dominante, no sólo sostiene que lo sagrado irrumpe en lo temporal, sino que tras consolidar una Institución (la Iglesia entendida como Jerarquía Eclesial)) que sea vehículo de mensaje, lo sagrado regresa a su sitio, con el regreso del Cristo a los cielos. Lo sagrado haría eso porque lo temporal está contaminado. El hombre es malo por naturaleza, está en pecado, y sólo a través de la gracia, distribuida por la Institución, puede redimirse. Este núcleo de la teología conservadora y dominante, que Benedicto XVI comparte, coloca a la Iglesia como Institución (es decir, Papa, cardenales, obispos, sacerdotes) en una posición de dominio sobre lo terrenal (laicos y sociedad en general).
            Esta posición de dominio que tiene la jerarquía la coloca en una situación que es paradójicamente frágil, pues ese poder termina por corromperla por más de que, en principio, el Espíritu de Dios la inspira. En esto, la irrupción de lo temporal en lo sagrado se manifiesta en la presencia de la corrupción en la Institución. Benedicto XVI, lúcido guardián de la teología conservadora puede percibir de manera inteligente de esta situación. Es decir, el Papa se dio cuenta el enfoque en el que se ha estructurado la teología conservadora dominante ha mostrado con claridad su contradicción: lo sagrado es irrumpido por lo temporal por medio de una Institución eclesial que, en tanto vehículo del mensaje, se corrompe. Frente a esta revelación, el Papa ve quebrarse su propio marco teológico, lo cual lo conduce a un agotamiento espiritual. En otras palabras, el agotamiento espiritual que denuncia Benedicto XVI no es otro que el de la teología conservadora y dominante que él defiende. Frente a eso, la consecuencia es obvia: la dimisión.
            Pero con su renuncia Ratzinger está señalando que sólo quedan dos caminos posibles a la Jerarquía de la Iglesia: seguir con el mismo esquema teológico o renovarse espiritualmente (es decir, renovar su teología).  Si se toma la primera opción, el futuro de la Iglesia Católica puede no ser auspicioso. La segunda opción puede darle un aire nuevo. El problema es que el camino a seguir está en manos de esa jerarquía que el Papa señaló como dividida y con sectores corruptos. Ese factor complica las cosas para una Iglesia que ya no puede vaciar sus crisis sobre una sociedad como la contemporánea, sociedad que a adquirido más claridad sobre sí misma. 

domingo, 10 de febrero de 2013

LA APUESTA APRISTA


         En vistas al incremento del apoyo al NO, gracias a la articulación que logró conseguir para su campaña, sigue abierta la pregunta de por qué razones García mueve la maquinaria aprista en apoyo al SÍ.  Muchas son las razones que motivan a García para tomar esta decisión riesgosa. Mantener notoriedad política y medir sus fuerzas con potenciales rivales del futuro, como puede serlo Toledo.
            Sin embargo, una de las razones interesantes que pueden estar en juego es el intento de desarticular a la izquierda. He de reconocer que respecto de esta intuición soy deudor de Ronald Reyes. Según esta hipótesis, el líder aprista percibe que una izquierda robustecida, moderna, democrática y liberal se le presenta como una amenaza inminente en dos frentes: el primero es el externo, mientras que el segundo es interno al partido.
            En el frente externo, una izquierda con tales características puede quitarle muchos votos de aquellos simpatizantes del partido de la estrella que lo asocial con la izquierda. Aunque esa asociación es realmente ilusoria, pues el APRA hace mucho tiempo que abandonó posición de izquierda y devino un partido de derecha, sin embargo cierta clase de votante considera aún al APRA actual aquél partido que fundó Haya de la Torre.
            Pero el segundo frente es el que más preocupa al ex presidente. Muchos jóvenes, al interior del partido, se sienten incómodos y decepcionados con la excesiva derechización que le ha impreso García, pero como no encuentran ninguna figura con suficiente capacidad de convocatoria, que signifique el giro hacia la izquierda y que pueda hacer de contrapeso a líder actual, entonces muchos jóvenes del partido se encuentran resignados a la situación actual. Pero, ¿qué pasaría con este sector de jóvenes, si asistiesen al robustecimiento de una izquierda moderna e interesante? Podría abrirse una posibilidad para que un contingente significativo de estos jóvenes migrase a la izquierda, desequilibrando al APRA y al liderazgo de García dentro del partido.
            Esta podría ser una razón que llevase a  al líder actual a embarcarse en la empresa de intentar hundir a lo que actualmente está representando esa izquierda: la alcaldía de Susana Villarán. Es por ello que el comprometerse con la el SÍ a la revocatoria resulta ser una prioridad, aunque sea cual sea el escenario resultante no es aragüeño para el APRA, pues en el caso de que prospere, la ciudadanía de Lima va a culpar al partido por el desconcierto, y si el escenario es adverso al SÍ, el APRA y su líder tendrán que cargar sobre sus hombros la derrota. Pero, entre ambos escenarios, conviene a García que gane el SÍ, porque con ello aleja la amenaza que significa para su liderazgo dentro del partido el fortalecimiento de una izquierda atractiva a los jóvenes apristas. Entonces, desarticular a la izquierda liberal es importante y derribar a Villarán es un paso clave en esa estrategia, pues con ello podría decir que la izquierda no sabe gobernar.

sábado, 2 de febrero de 2013

¿LE CONVIENE AL APRA VINCULARSE AL SI?


             Como es conocido ya, Alan García ha dado la voz de consigna “al sí, compañeros”, tanto que resultó penoso ver a Armando Villanueva del Campo, líder histórico del partido de la estrella tener que negarse a los honores de parte de la alcaldía porque el “partido”, es decir, Alan, le dijo nones. Y más penoso aún escuchar a Mauricio Mulder, evidente líder de segunda fila en un partido personalizado, diciendo cosas tramposas como que él va a votar porque los regidores del PPC se mantengan, sabiendo que si revoca a todos los de Fuerza Social también saca de su puesto a los del PPC. Es tan fuerte el poder de García en el partido que puede darse el lujo de hacer que líderes se humillen de esa manera a vista y paciencia de toda la ciudadanía. U obligar a Velásquez Quesquén a decir cosas como “en política, si no haces cosas retrocedes” sugiriendo que inclusive si el partido toma decisiones erráticas y las lleva a cabo igualmente avanza.
            Pero la estrategia de García resulta bizarra, pues con su apoyo al sí podría poner en peligro una de sus aspiraciones a mediano plazo, a saber, ganar la Presidencia el 2016. Esta idea ha sido visualizada por Rosa María Palacios en el diario La Republica. La hipótesis de Palacios es razonable y describe un escenario posible en el cual, el 2016 gana Keiko, y no Alan, las presidenciales. Dentro de esta perspectiva, no resulta extraño el que Keiko o su padre haya dado directivas distintas a los seguidores de la dinastía Fujimori, es decir, las de votar cada cual de acuerdo a su propia conciencia (aunque como sabemos, esto puede ser sólo para la imagen,. Y que internamente hayan acordado apoyar al sí).
            Al menos llama la atención el que García y la dinastía Fujimori hayan tomado posiciones diferentes respecto de la revocatoria. Una de las posibles razones es que como García y keiko van a ser rivales para el 2016. La otra posible razón es que los Fujimori han visto que ser asociados abiertamente al sí resulte un mal paso –como dice el vals- y no quieren cargar con un “embarazo no deseado” que haga peligrar el 2016. Ya la dinastía ha cometido tantos errores al tratar de sacar de prisión a su líder, a tal punto que no han logrado convencer ni al pusilánime Ollanta ni a la ambiciosa Nadine. Parece que están aprendiendo que un poco de prudencia no les caería bien, si quieren conseguir sus objetivos. Será por eso que Kenyi está más silencioso, aunque aún no consiguen que aprenda lo que significa el proverbio de “a boca cerrada no entran moscas”.
            El audaz García, en cambio, ha decidido apostar por el caballo del sí de manera incondicional, pues cree que su poder político es tal que podría, eventualmente, un escenario adverso post revocatoria, tal como Palacios lo describe. El ex presidente ha demostrado ya con anterioridad la medida de su ego, que no le importó destrozar su partido con tal de salir limpio. Qué asegura que esta vez su ego engrosado no termine afectando sólo al partido sino su propia imagen, cargando con la responsabilidad de un  desgobierno altamente impopular.   Si García fuese un líder que quiere lo mejor para su partido, o si quisiere evitar una posición de desventaja frente a los Fujimori, no debería involucrarse con el sí, pues esas juntas no le convienen.

domingo, 27 de enero de 2013

LA IMPORTANCIA DE JOHN RAWLS


El desaparecido filósofo estadounidense John Rawls dejó una impronta indeleble en la filosofía moral, la filosofía política y en la filosofía del derecho. Su Teoría de la justicia en 1971 se posicionó poderosamente frente a la concepción dominante hasta entonces en la filosofía del derecho anglosajón. Hasta entonces los herederos de Jeremy Bentham habían articulado una teoría del derecho que marcaba la hora en el debate anglosajón, junto con el positivismo reformulado por Hart. La aparición de Teoría de la justicia dejó en claro que tanto el utilitarismo de Bentham y el positivismo de Hart quedaron fuera del debate. La obra de Rawls se convirtió en un foco de discusión en la que participaron dos filósofos que asestaron cuestionamientos centrales: Michael Sandel, con su El liberalismo y los límites de la justicia, y Michael Walzer, con su Esferas de la justicia cuestionaron argumentos centrales de la obra de Rawls, a la vez que lo colocaron en un lugar central de la discusión de la filosofía del derecho.
En la década de los 90 aparece Liberalismo político, libro que procesa las críticas a su teoría y desarrolla con mayor detenimiento dos ideas fundamentales: la idea de un consenso entrecruzado y la idea de la estructura básica de la sociedad. La idea del consenso entrecruzado explica las razones de la estabilidad de la sociedad en torno a los principios de justicia desarrollados por el liberalismo político. Dicho consenso permite que los diferentes grupos de una sociedad caracterizada por el pluralismo de doctrinas religiosas y laicas encuentren razones poderosas para apoyar los principios de justicia. Muchos de los críticos, como Charles Taylor y Martha Nussbaum) de Rawls has cuestionados elementos de su teoría, como la restricción de lo político a lo estatal, o la idea de contrato original, pero han encontrado en la idea de consenso entrecruzado un punto que permite avanzar, de manera sustantiva, en el esclarecimiento y la implementación de la tolerancia, en la igualdad y la libertad de los ciudadanos en una sociedad democrática y liberal.  
La idea de la estructura básica de la sociedad es otra de las ideas valiosas que Rawls ha estado desarrollando en su obra. El valor de esta idea reside en su poder para articular un conjunto de intuiciones que son sumamente importantes para entender tanto la política como el derecho. La teoría de Rawls señala que los principios de la justicia se aplican a la estructura básica de la sociedad. En ella se encuentran una serie de instituciones centrales de la sociedad que tiene dos características: primero, cada una de ellas tiene su propio funcionamiento, y por ello los principios de la justicia de aplican a cada una de ellas de manera diferente, de acuerdo a su propia naturaleza, por decirlo de algún modo. La segunda característica es que todas estas instituciones se encuentran articuladas unas con otras por medio de una concepción liberal de la política.
Esta segunda característica implica que las instituciones jurídicas de la sociedad se deben articular con las demás instituciones de la sociedad a través de un conjunto de intuiciones políticas propias de una democracia liberal. Esto significa una aclaración, a la vez que una aclaración de lo que es el derecho y cuál es su relación con la política. En contra de la posición del positivismo jurídico imperante, lo que sostiene Rawls es que no sólo el derecho se encuentra en una íntima conexión con la política liberal, sino que la política liberal debe subordinar al derecho y a las instituciones jurídicas de manera poderosa para que la sociedad democrática y liberal funcione adecuadamente. Esta idea ciertamente resulta entre rara y escandalosa a los abogados  de formación positivista, acostumbrados a ver en el derecho una suerte de institución autopoiética y completamente autónoma; pero también escandaliza a realistas de orientación schmittiana, foucaultiana o marxista que no comprenden la interpretación liberal de la política. Sea como sea, el resultado es intentar expulsar la obra de Rawls del campo de la filosofía del derecho y confinarla sólo al de la filosofía política; razón por la cual no es leída y difundida entre los abogados. Haga el intento y pregunte a un abogado enterado si Rawls hace filosofía del derecho y espera la respuesta. 

domingo, 20 de enero de 2013

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN


            La Teología de la Liberación es una de las corrientes más importantes y renovadas que se han forjado en Latinoamérica y que tiene como su referente más importante al sacerdote peruano de la orden de los dominicos Gustavo Gutiérrez. Siguiendo las líneas esbozadas por el Concilio Vaticano II (1962) y las Conferencias Episcopales de Puebla, Medellín y Santo Domingo, la obra teológica de Gutiérrez significó  un llamado a renovar la práctica del evangelio, imitar a Cristo en su trabajo al lado del pobre, del desvalido y los marginales de la sociedad. Junto con el Concilio, significó una apertura de la Iglesia hacia el mundo, y especialmente un signo de sensibilidad de la Iglesia respecto de los sufrimientos del mundo.
           
           Esta teología se enmarca en el desarrollo de un conjunto de teologías modernas que tienen como eje una serie de ideas comunes, entre las que destacan las siguientes: la Iglesia debe mirar al mundo, el cristianismo es una religión de un Dios encarnado en el mundo concreto, y las situaciones de pobreza e injusticias tienen causas sociales y no son eventos naturales. De esta manera, la Teología de la Liberación señala que la Iglesia no debe centrar su trabajo en exigirle a la sociedad a que se ajuste a sus preceptos, sino que, en primer lugar, ella debe volcar su mirada a la sociedad y reflexionar sobre las situaciones de injusticia y exclusión que existe en él para denunciarlas y comprometerse con su eliminación. Las teologías premodernas, en cambio, exigen que el mundo se ajuste a sus preceptos morales – especialmente indicar cómo debe comportarse la gente en sus dormitorios - y no se interesan por las condiciones sociales de injusticia –como, por ejemplo, las violaciones de los derechos humanos.

            La Teología de la Liberación toman en serio el hecho de la encarnación de Cristo, Dios hecho hombre, que decidió  quedarse entre nosotros para estar del lado de los excluidos de la sociedad y denunciar las condiciones de pobreza. Con ello, el cristianismo se presenta como una religión de la secularización, en dos sentidos. En un primer sentido, el hecho de que Dios se haga hombre, supone que abandona el ámbito de lo atemporal para insertarse en el ámbito temporal, que es el de la vida ordinaria de los seres humana, vinculada a seculo, a lo secular. Dios habitó entre nosotros y decidió quedarse entre nosotros. En cambio, las teologías premodernas señalan la extraña y antievangélica idea de que Dios se encarnó, habitó entre nosotros, y al resucitar regresó al ámbito  atemporal desde donde envía sus preceptos morales (cual diez mandamientos) y no se quedó entre nosotros para denunciar las injusticias. El segundo sentido de la secularización es la separación de la Iglesia y el Estado. El mismo Jesús del evangelio señaló claramente que lo que debemos hacer es dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, es decir separar la esfera del Estado de la esfera de la Iglesia. El cristianismo se presenta, entonces, como una religión de la separación de ambas esferas, con lo cual se opone a la idea de que las iglesias deban controlar la sociedad utilizando los mecanismos de control estatal, ya sea de manera directa o por medio de lobbies.

            Otro elemento central de la Teología de la Liberación es la idea de que las injusticias no tienen causas naturales, como sostienen las teologías premodernas, y por lo tanto pueden ser revertidas si es que se realiza una organización justo de la sociedad. Las teologías premodernas señalan que si una persona es pobre y se muere de hambre por falta de accesos a recursos, es porque el mundo es así, y que cuando llegue al reino de los cielos va a ser recompensado por Dios por los sufrimientos que tuvo en éste. Esta idea que comparten las teologías premodernas, según la cual El Reino se encuentra fuera de este mundo contradice el Evangelio, según el cual El Reino de Dios ya ha sembrado sus semillas en este mundo secular y que se va desplegando a través del tiempo. Este desarrollo del Reino de Dios en el mundo empata con el cumplimiento de las bienaventuranzas y se dirige a liberar a las personas de las condiciones de injusticia en las que se encuentran.

            En 1971, año en que Gutiérrez publicó su libro Teología de la Liberación, el liberalismo era mal visto por la Iglesia porque éste se identificaba con el mercantilismo y con la llamada Escuela Austriaca, de Mises, Von Hayek, Freeman y los Chicago Boys. Pero en la actualidad, ese mercantilismo está siendo desenmascarado y se está recuperando un liberalismo político que apunta a la autonomía, las libertades, incluso en aspectos que van más allá del económico y la liberación de las injusticias, la Teología de la Liberación ha encontrado un campo fértil en el cual renovarse teóricamente y que puede ser muy útil en la práctica de la Iglesia. 

lunes, 14 de enero de 2013

¿Quién dijo “heterodoxia”?


             
La conocida decisión Mons. Cipriani de no renovar el permiso a los teólogos de la Pontificia Universidad Católica del Perú para el dictado de los cursos de teología ha resultado, a todas luces,  polémica. El Cardenal ha alegando –al igual que la Agrupación Riva- Agüero, expresando una lamentable opinión de extrema derecha-  que una Universidad se encuentra en un conflicto con Vaticano y por lo tanto no tiene derecho de dictar ese tipo de cursos. Esta decisión resulta controvertida por varios aspectos que han sido comentados, entre otros por Gonzalo Gamio y Salomón Lerner. Uno de estos aspectos es el jurídico: la Pontificia Universidad Católica del Perú se encuentra entre el derecho civil peruano y el derecho canónico. Desde el punto de vista del primero, la decisión del Cardenal viola la autonomía universitaria, mientras que desde el derecho canónico la decisión se salta con carrocha el procedimiento debido. Alguien podría alegar que como Cardenal, tiene el derecho de actuar intempestivamente en estos asuntos, sin aviso previo, pero ello colisiona con lo que se espera del derecho en general.

            Pero otro aspecto importante, enfatizado por Lerner, es el de la falta de coherencia con el Magisterio  de Iglesia y las posiciones de personas importantes en la misma Santa Sede. El Cardenal no parece estar de acuerdo con que en la Pontificia Universidad Católica del Perú se dicten cursos de teología porque está aplicando la lógica del todo o nada que caracteriza a los grupos más conservadores de la Iglesia Católica, según la cual o aceptas todo o quedas excluido. De acuerdo a esta lógica cualquier voz disidente dentro de la Iglesia queda acallada, y cualquier desacuerdo se resuelve no por medio del diálogo sino por medio de la violencia de una autoridad que ejerce su función de manera autoritaria.

Lamentablemente, para el Cardenal de Lima, esa no parece ser la política de Vaticano. El mismo Benedicto XVI, en su discurso en la Universidad de Ratisbona, menciona la importancia del diálogo entre la teología y las demás ciencias en el seno de la universidad, a propósito de su experiencia en la Universidad de Bonn, que dicho sea de paso no tiene título de pontificia. La intención del Papa es subrayar la importancia de asumir la teología como una reflexión racional sobre la fe, capaz de entrar en diálogo con otras disciplinas universitarias.  En esta tarea es irrelevante si la universidad en cuestión es pontificia, católica o se encuentra en algunas diferencias con Vaticano. En este sentido, el Papa no sigue la lógica conservadora del todo o nada.
            Más bien, esta iniciativa de Benedicto XVI se encuentra en plena consonancia con el Concilio Vaticano II. Como es sabido, el Concilio significó una apertura de de la Iglesia hacia el mundo, y en ese marco, se inserta la necesidad del diálogo entre la teología y las demás disciplinas universitarias, diálogo que ha sido muy fructífero para todas las disciplinas, y también para la teología, pues ha permitido el surgimiento de una diversidad de teologías que han aportado mucho a la espiritualidad de la Iglesia. Entre esas teologías, fruto del diálogo interdisciplinario, se encuentra la Teología de la Liberación desarrollada por Gustavo Gutiérrez.
            Ciertamente, al Cardenal de Lima no le agrada mucho que sea  la Teología de la Liberación, una de las líneas teológicas que se enseñan en la Pontificia Universidad Católica del Perú y aunque es una teología que el mismo Ratzinger validó cuando era Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Cipriani se ha encargado de perseguirá cual herejía. Tal vez esta podría ser otra de las razones por la cual el Cardenal ha tomado la cuestionada decisión, es decir, para buscar acallar la Teología de la Liberación de Gutiérrez. En este contexto resulta curioso que el actual  Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Gerhard Müller da muestras de su aprecio y reconocimiento a la obra teológica desarrollada por Gutiérrez, tal como ha destacado Salomón Lerner.
       Así, parece ser que mientras que Vaticano rema en un sentido, Cipriani lo hace en el sentido opuesto. Mientras que el Papa busca incorporar la teología en el debate universitario, Cipriani busca excluirla; del mismo modo, mientras que Vaticano ensalza el valor de la Teología de la Liberación de Gutiérrez, Cipriani busca eliminarla. Esta situación no hace más que recordar a aquél que, después de hurtar la cartera del bolsillo de un caballero, grita a voz en cuello “¡Al ladrón!”.