martes, 10 de marzo de 2015

Comentarios a Adiós a Mariátegui




        "Pensar el Perú en perspectiva postmoderna”, el subtítulo de libro de José Ignacio López Soria, denuncia desde el inicio una filiación filosófica que está en debate: la filiación postmoderna, especialmente la desarrollada por Gianni Vattimo. El uso del término”postmodernidad” se inserta en una interpretación de la historia de la filosofía. Al respecto se podría también tener una interpretación distinta, es decir, se podría pensar en los tiempos actuales como “modernidad tardía”, tal como Jürgen Habermas lo ha sugerido. En este sentido la opción por la postmodernidad requiere una justificación.

        El “Adiós a Mariátegui” puede ser leído desde el punto de vista de la historia del pensamiento ético-político de la modernidad tardía. Esta historia tiene tres hitos importantes:  la Revolución Francesa, la Revolución Rusa y la caída del Muro de Berlín. La Revolución Francesa fue una revolución liberal. Allí el liberalismo era un movimiento progresista que buscaba despercudir a Europa la cultura política de la aristocracia. Pero la dinámica del capitalismo pudo neutralizar las promesas emancipatorias de la sociedad burguesa, consolidando un liberalismo económico que culturalmente se pudo dar la mano con los remanentes de las élites aristocráticas o permitió la aparición de nuevas élites “aristocráticas” basadas en el poder del dinero y un liberalismo de derecha.

       Frente a esa distorsión en el proceso de emancipación se produce la revolución rusa.  Ésta cancela de un plumazo el poder de las élites burguesas a fin de concentrarlo en el partido y en el Estado. Esta concentración del poder se realizó con la esperanza de democratizar realmente el acceso a los recursos. Se trataba de cancelar la “decadente” democracia burguesa (en la que conservadores y liberales perpetúan un status quo injusto) para reemplazarla por una democracia popular y radical. Sin embargo, en términos políticos, la transmisión del poder del partido y el Estado a la sociedad igualitaria no se concretó suficientemente, además de que en la escalada tecnológica y militar el bloque soviético perdió la competencia frente a las democracias liberales lideradas por los Estados Unidos de Norteamérica.

Es así que se creyó que después de la caída del Muro de Berlín (hito que marca el fin de la competencia entre los regímenes liderados por el Kremlin y los liderados por Washington) se creyó arribas a lo que Francis Fukuyama, realizando una lectura altamente empobrecida de la filosofía del derecho de Hegel,  denominó “el fin de la historia”. Este final del devenir político significaría el imperio perpetuo del sistema capitalista que se encuentra políticamente representado por el neoliberalismo económico y la derecha liberal. 

Sin embargo, la predicción de Fukuyama resultó errática, y no precisamente porque la clásica izquierda pudiera revertir sus dificultades, sino por el surgimiento de una izquierda liberal. “Izquierda liberal”: el término resulta una contradicción para quien no se encuentra familiarizado con la discusión filosófico política contemporánea. Este advenimiento ha hecho que los clásicos esquemas de orientación política hagan eclosión y esta es la razón por la cual vivimos hoy en un mundo político de desgaste de los mitos revolucionarios. A mi modo de ver, el espectro político se ha rediseñado en estos términos: contamos con una extrema derecha, partidaria del antiguo régimen, ultramontana y paleoconservadora. De otro lado contamos con una derecha liberal, partidaria del libre mercado carente de regulación y que mira con sospecha tanto la política como la justicia redistributiva. Esta derecha liberal se encuentra demasiado cómoda adoptando la política cultural de la derecha paleoconservadora. Un poco más a la izquierda encontramos a la izquierda liberal, que cree en la libertad de intercambio mercantil y en le Estado de Derecho, en los Derechos Humanos  y en la justicia social. Algún sector de esta  izquierda liberal es denominada gauche caviar. Esta izquierda es partidaria de la transformación de las estructuras sociales dentro de los parámetros de la democracia, razón por la cual se trata de una izquierda reformista. Hacia la extrema izquierda encontramos, finalmente, la izquierda antidemocrática y antiliberal. Esta izquierda sigue siendo partidaria de la transformación revolucionaria de las estructuras sociales.

El Adiós a Mariátegui se inscribe en este proceso de reconfiguración del pensamiento político. Mariátegui representa el proyecto de modernización del Perú. Este proyecto incluye un conjunto de perspectivas y pensadores que son discímiles entre sí pero que se encuentran en la valoración positiva de la Revolución Francesa, razón por la cual el pensamiento de José de la Riva-Agüero queda excluido. Por  esta razón este “adiós” no significa un “olvidar”. Se trata de caer en la cuenta de la necesidad de reconducir el proyecto emancipatorio que se parece haberse truncado con la caída del Muro de Berlín. Gran parte de los hábitos de pensamiento generado por los modernizadores nacionales, de los cuales Mariátegui es una figura emblemática, parecen haber fracasado y es necesario continuar con el proyecto recurriendo a otros medios. A causa de la eclosión de los paradigmas políticos anteriores experimentamos cierta desorientación sana, una perplejidad, que nos impulsa a un proceso de reflexión y exploración en el pensamiento político. Esta situación, aunque el autor no lo menciona, resulta ser más valorable que la anterior, en la que se contaban con las supuestas recetas para la transformación. Considero que en filosofía política es mejor la incertidumbre orientada por una tenue luz que la certidumbre que surge de una Verdad esplendorosa. En el siglo XX hemos experimentado lo nefasto que resultan la “certeza” y la “verdad” en política.

A fin de iniciar esta exploración, José Ignacio López Soria comienza retratando los discursos de modernización gestados a fines del siglo XVIII e inicios del XIX. El primero de estos discursos es el de las libertades, sustentado por abogados y humanistas (filósofos incluidos) que tiene como medio de articulación la razón y busca el fortalecimiento institucional.. En segundo es el discurso del bienestar, sustentado por ingenieros y que tiene como protagonista al hombre emprendedor. Ambos proyectos asumían el presupuesto de una razón universal que se encuentra tanto en el individuo detentados de derechos y libertades como en el individuo emprendedor. Parte importante del fracaso de este tales proyectos se encuentra en el descrédito que en la cultura contemporánea tiene esa razón universalista moderna. La pluralidad cultural que se ha hecho notar a lo largo del siglo XX nos ha conducido a entender que nos encontramos frente a una pluralidad de racionalidades que han de ser tomadas en cuenta.    

Pero este fracaso del proyecto moderno de la razón universal tiene su correlato político en el fracaso del proyecto de la construcción de un Estado-Nación. En proceso de independencia del Perú se había planteado como un proyecto nacional, es decir, que tiene como objeto la construcción de un Estado nacional. Sin embargo, el Estado-Nación de individuos racionales y ciudadanos que no cuentan con diferencias culturales ha terminado siendo un proyecto artificioso en el mundo contemporáneo, y en el Perú actual, en el que los pueblos  han emergido como reclamo frente al Estado ciego a las diferencias. Ello no significa que sea necesario desechar el término “Estado”, siempre que se atienda a la pluralidad que lo habita.

Esto último lleva a nuestro autor reconsiderar las reflexiones contemporáneas sobre la interculturalidad. Siguiendo las investigaciones de Will Kymlicka, identifica en el mundo alrededor de 600 grupos de lenguas vivas y más de 5000 grupos étnicos en el mundo. Ello conduce a una pluralidad de valores morales, que demarca el multiculturalismo. La multiculturalidad es entendida, para mayor precisión, como la coexistencia de diversas culturas en un mismo horizonte societal. El problema de la interculturalidad se resume en la siguiente pregunta: ¿podremos vivir dignamente juntos siendo diferentes?. Dar una respuesta afirmativa a esta interrogante constituye una tarea. Pero la valoración de esta pluralidad no conduce al autor a una retirada neoconservadora que exacerba el encapsulamiento cultural y el enfrentamiento al estilo Huntinton, sino que la apuesta está  puesta en un potencial de racionalidad constitutiva de la libertad. Se trata de aquella racionalidad que permite percibir al ser humano como universal particular y concreto, capaz de la reflexión suficiente como para poder liberarse de prácticas culturales opresivas de los individuos y que permite el encuentro intercultural. La opción de López Soria se encuentra, pues, del lado de la valoración de los derechos y las libertades individuales, de individuos que son constituidos culturalmente y que tienen capacidad de reflexión subjetiva. Frente a la polémica de los derechos colectivos, el autor parecería inclinarse hacia aquellos que redunden necesariamente en la potencialización de los derechos individuales.


Otros temas recorren el conjunto de ensayos que López Soria nos ha alcanzado en esta oportunidad, como son el dedicado a la educación y la ciudadanía desde los discursoso modernos, el dedicado a la crisis de las instituciones de la modernidad,  así como uno dedicado a la utopía, entre otros. Si bien no los comentaré en esta oportunidad, he de anotar que el libro en su conjunto resulta sugerente y expresión de un proyecto emacipatorio que ha asumido el reto de pensar la política después de la caída del Muro de Berlín, cuando parecía que ya no era necesario pensar la política, puesto que se había pronosticado que lo que vendría es más de lo mismo. Es en este sentido que las intuciones políticas que el libro expresa son de carácter liberal, pero se trata de un liberalismo que procura pensar la pluralidad cultural y el fracaso del proyecto moderno en el Perú y en el mundo.      

1 comentario:

José Ignacio López Soria dijo...

Tardíamente, pero tengo de decir que el comentario que antecede recoge con exactitud tanto la letra como el espíritu de mi "Adiós a Mariátegui".
José Ignacio López Soria