miércoles, 4 de marzo de 2015

Ilustración y filosofía.La cuestión de la validez del proyecto ilustrado

Resultado de imagen para kantEl proyecto de la Ilustración se ha gestado en Europa durante el siglo XVIII y ha encontrado su respaldo filosófico más  importante en el pensamiento de Immanuel Kant.  Dicho proyecto tiene como centralidad la capacidad de examinar cuáles son sus alcances y límites de la razón. Es por ello que, para la Ilustración ha sido fundamental el proyecto crítico que el filósofo alemán presentó en su obra más importante: la Crítica de la razón pura. Por eso se señala en el prólogo  a la primera edición: “Nuestra época es, propiamente, la época de la crítica, a la que todo debe someterse. La religión por su santidad, y la legislación, por su majestad, pretenden, por lo común, sustraerse a ella. Pero entonces suscitan una justificada sospecha contra ellas, o pueden pretender un respeto  sincero, que la razón sólo acuerda a quien ha podido someter su examen libre y público”[1].
Es característico del trabajo crítico de la Ilustración el que la razón se examina a sí misma y se instaura como un juez que determina qué es lo que ella puede y no puede conocer.

1.- La crítica a la razón ilustrada
Esta confianza en la razón que Kant y los demás pensadores ilustrados compartían es puesta en cuestión por aquellos intelectuales del siglo XIX y XX que Paul Ricoeur denominó “maestros de la sospecha”[2], a saber, Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Estos intelectuales ejercieron una gran influencia en la cultura y en el trabajo de los intelectuales del siglo XX. Ellos señalaban, cada cual desde su punto de partida particular, que existen motivos fundados para cuestionar a la razón moderna y en especialmente la confianza en la razón que se popularizó durante el siglo XVIII.
Nietzsche esbozó una crítica clara a la razón señalando que lo irracional es importante y debe ser tomado en cuenta, si es que queremos dar cuenta de la realidad en su totalidad. De esta manera, continúa, se ha operado en la cultura occidental un reduccionismo de la realidad desde que Eurípides, Sócrates y Platón expulsaron lo irracional (aquello que denominaba “lo dionisiaco”) del pensamiento filosófico. En la tragedia griega desarrollada en Atenas durante el siglo V a.C. se había dado no sólo un género poético – artístico que daba cuenta tanto de la realidad humana como de la cósmica por medio de la articulación del principio de racionalidad y orden que representa “lo apolíneo” con el principio de irracionalidad, embriaguez y pérdida de conciencia que representa “lo dionisiaco”. Con esto la tragedia no sólo se presenta como un género literario, sino como una manera de  entender la realidad, es decir, una filosofía vitalista.
Pero tal como señala Nietzsche en su libro El nacimiento de la tragedia, o Grecia y el pesimismo[3], la tragedia entra en crisis y finalmente muere cuando Eurípides comienza a compartir el optimismo racionalista de Sócrates. De esta manera, comenzó a expulsar el elemento dionisiaco y a convertirla en un género racional, gobernado sólo por el impulso racional que proviene de lo apolíneo. Desde ese momento la “filosofía vitalista” que expresaba la tragedia fue desplazada por una “filosofía racionalista” que no hace que expresar su resentimiento frente a la vida, expulsando aquello irracional y que la razón no puede comprender y controlar.
La crítica al optimismo racionalista de los ilustrados no puede ser más claro: la razón ilustrada continúa expulsando lo irracional y lo vitalista de la reflexión filosófica. Por ello es necesario denunciar que la razón moderna no puede dar cuenta de la realidad en su totalidad y que, en realidad se presenta como una forma de dominación sobre las demás dimensiones de la realidad. La razón moderna e ilustrada se presenta, entonces, como una voluntad de poder y dominación que se enviste a sí misma de la dignidad de juez y de autoridad para someter otras voluntades. De este modo, la realidad social es interpretada como un conjunto de voluntades de poder que buscan someterse unas a otras, y en la cual el poder lo terminan teniendo aquellos que dominan la técnica moderna.  Así, una sociedad tecnificada y racionalizada se convierte en una sociedad de dominación.    
 Michel Foucault ha sido quien ha aprovechado de mejor manera esta conclusión respecto de la sociedad que Nietzsche había desarrollado. Así, el intelectual francés señaló que las construcciones racionales y técnicas, como los mismos sistemas democráticos, las prisiones y los manicomios, son formas de ejercer poder y dominación sobre las sociedades. Como consecuencia, si lo que buscamos liberarnos de esa dominación, tenemos que realizar una arqueología del poder y encontrando su raíz arqueológica, desactivarlo. Ello supone denunciar incluso las democracias liberales porque ellas expresan poder dominador. Uno de los mejores discípulos de Foucault, el italiano Giorgio Agamben, ha escrito un libro que está teniendo gran influencia en las ciencias sociales: Homo sacer[4]. En él se sigue la pista de la verdadera realidad del estado moderno, que el de la denominada “biopolítica”, es decir, que ejerce una política que va despojando paulatinamente del ropaje de los derechos a las personas y se detiene frente a la vida biológica de los individuos, es decir, sólo respeta aquél mínimo que permite que las personas sigan con vida.


2.- Cinismo e ironía  

            La posición de Foucault frente a la ilustración es de crítica. Desde su punto de vista es necesario realizar una ilustración de la misma ilustración[5]. Pero esta ilustración de la ilustración consiste, para Foucault, rechazar el modelo de la razón moderna que se encuentra en el modelo de ilustración kantiana, y rechazar además sus ideales y sus propuestas morales y políticas, como la autonomía de las personas, la democracia y los derechos fundamentales.
            
Esta actitud de Foucault frente a la autonomía moral, la democracia y los derechos fundamentales proviene la influencia de Nietzsche sobre el pensamiento político de Foucault. Nietzsche nunca fue pensador sistemático y plenamente coherente, aunque siempre sumamente sugerente. De hecho, en el ámbito de la filosofía hay alguna resistencia a considerarlo como un filósofo. Es gracias a la influencia de Heidegger que Nietzsche a tomado una inusitada importancia en la filosofía. Nunca ha tenido un pensamiento político y resulta muy difícil sacar ideas políticas claras y sólidas.
            
Uno de los primeros intentos de extraer de Nietzsche un pensamiento político lo realizaron los teóricos del nacionalsocialismo. El partido Nazi explotó de manera excesiva la idea del Übermensch (Superhombre), con las consecuencias que todos conocemos: invasión de Polonia, instalación de campos de concentración, etc. De esta manera, parece que no es una buena idea extraer ideas políticas del pensamiento de Nietzsche. Esto fue algo que Heidegger entendió perfectamente, razón por la cual nunca propuso una filosofía política. Contemporáneamente a Heidegger, de desarrolló en Austria el conocido “Círculo de Viena”, cuyos integrantes, al ver las atrocidades del nazismo, decidieron rechazar las críticas de Nietzsche al positivismo y articularos la tan influyente tendencia del positivismo lógico y la filosofía analítica. De esta manera, el prestigio actual del “círculo de Viena” no es tanto por sus méritos propios, sino por el rechazo al nazismo. Tal como ha señalado con lucidez Richard Rorty, el positivismo lógico y la filosofía analítica ha llegado a su agotamiento[6] .


3.- Izquierda cínica e izquierda irónica

            Nietzsche es un pensador muy lúcido e importante para pensar las cuestiones privadas, pues sus reflexiones sobre la cultura y su crítica al positivismo son forjadores de la subjetividad de las personas. Su pensamiento sobre cuestiones privadas es poderoso para articular la formación de los sujetos del siglo XX y XXI, para edificar la subjetividad. Lo mismo sucede con la filosofía de Heidegger. Pero cuando se utiliza el pensamiento de Nietzsche y la filosofía de Heidegger para la política se cae en el error de Foucault y Agamben, y de sus seguidores en las ciencias sociales. Nietzsche y Heidegger son sumamente útiles para pensar las cuestiones privadas, pero no para plantear programas políticos.
           
Actualmente podemos encontrar dos clases importantes  intelectuales interesados en la política y en las cuestiones públicas: de un lado se encuentran los cínicos, del otro los irónicos. Los cínicos son los que utilizan a Nietzsche y Heidegger tanto para las cuestiones privadas como para las cuestiones públicas. En cambio los irónicos asumen el pensamiento de ambos sólo en el ámbito privado, mientras que para las cuestiones públicas toman como referencias a los filósofos políticos inspirados en Kant, como son John Rawls y Jürgen Heidegger, o al pragmatista John Dewey. 

Los cínicos rechazan tanto la razón como las propuestas prácticas y políticas de la ilustración. Con dicha crítica  abren las puertas a dos grupos antagónicos, pero cuya actividad es nefasta. De una parte, los ultraconservadores de extrema derecha que rechazan la democracia y proponen dictaduras. De otra parte, se encuentran los intelectuales de la izquierda revolucionaria y cultural. Esta izquierda termina por proponer arremeter contra la democracia para terminar implantando un Estado autoritario. Y  desde el punto de vista cultural, los intelectuales de izquierda miran con desprecio la cultura popular y han roto sus lazos con las organizaciones populares o los sindicatos. Se trata de una izquierda que cae en una contradicción performativa: de una parte propugnan la revolución, y de otra parte se convierten en espectadores de los procesos sociales, es decir se trata de una izquierda académica no comprometida con la sociedad. Esta izquierda académica, espectadora, cultural y desvinculada con los procesos sociales, no está en condiciones de involucrarse con las transformaciones sociales.

La actitud de estos grupos es “cínica” porque se dedican a hacer  críticas radicales a lo constituido y no tienen una actitud constructiva, una alternativa, no ofrecen una opción. A lo más que llega el cinismo en la teoría política es a proponer un regreso al pasado o a una defensa conservadora, de modo que incluso la izquierda foucaultiana termina emprendiendo la defensa del antiguo régimen. La izquierda irónica, en cambio,  se caracteriza por seguir a Nietzsche y Heidegger sólo para las cuestiones privadas, en cambio sigue a Rawls, Habermas y Dewey en las cuestiones públicas. De esta manera encuentran argumentos para tener continuar con el proyecto político de la ilustración, a saber, afirmar la libertad y la autonomía pública y privada de los ciudadanos.

Los intelectuales políticos irónicos proponen continuar con el proyecto de la ilustración asumiendo tres tareas: en primer lugar reemplazan el juego de fuerzas – que los foucaultianos –por el diálogo y la deliberación; en segundo lugar, se comprometen con la democracia y buscan llevar adelante sus promesas sociales, con lo cual asumen un compromiso social real con las organizaciones populares y los sindicatos; y en tercer lugar, reemplazan el proyecto revolucionario por un proyecto reformista. Al comprometerse con la democracia, esta izquierda se convierte una izquierda liberal, pues la democracia que defienden es una de naturaleza liberal. El término “ironía” es usado aquí para señalar que esta izquierda asume los cuestionamientos a la razón que proviene de los maestros de la sospecha, de tal manera que consideren que las creencias privadas que abrazan carecen de un fundamento último y que su compromiso político no tiene carácter metafísico, sino exclusivamente político. Tal como lo señala Rawls: el liberalismo político es político, no metafísico[7].
  

4.- Conclusión: ¿Está agotado el proyecto político de la ilustración?

            Los intelectuales de orientación foucaultiana, que extienden erróneamente las críticas de Nietzsche a la cultura también al ámbito de la política y a las cuestiones públicas, sostienen que el proyecto de  político de la ilustración se encuentra completamente agotado, y que no vale la pena actuar propositivamente en defensa de las autonomías privada y pública de los ciudadanos. Sólo queda realizar cuestionamiento y crítica constante al sistema democrático.  En cambio, los intelectuales ironistas no extrapolan las críticas a la cultura que hicieron Nietzsche y Heidegger a las cuestiones políticas y públicas.

 Richard Rorty y  Jürgen son quienes más han defendido la idea de que el proyecto político de la ilustración sigue en pie. Rorty, siguiendo las ideas de Dewey, señala que la escuela filosófica pragmatista con la que se encuentra comprometido lleva adelantes las propuestas de la ilustración.  De esta manera señala que:

 “Voy a interpretar la objeción pragmatista a la idea de que la verdad es una cuestión de correspondencia con la naturaleza intrínseca de la realidad de forma análoga a la crítica que la Ilustración hizo de la idea según la cual la moralidad es una cuestión de correspondencia con la voluntad de un Ser Divino”

Y continúa diciendo:

“A mi parecer, la explicación pragmatista de la verdad y, más generalmente, su explicación antirepresentacionalista de la creencia constituye una protesta contra la idea de que los seres humanos deben humillarse ante algo no humano como la Voluntad de Dios o la Naturaleza Intrínseca de la Realidad” [8].

De esta manera, el pragmatismo de Rorty y Dewey continúan adelante con el proyecto de la ilustración, proyecto que consiste en cuestionar las pretensiones que algunas personas e instituciones tienen de imponerse sobre los ciudadanos para limitar la autonomía privada y la autonomía pública. De esta manera, nadie, ni en nombre de la voluntad divina o de la naturaleza humana, está justificado para limitar la libertad de los ciudadanos. Igualmente Habermas sostiene que el cuestionamiento de la razón hecha por Nietzsche, y continuada por Lyotard y Derridá en Francia no conduce a las consecuencias que ambos señalaron, a saber, el acabamiento de la modernidad y el inicio de la postmodernidad. Habermas es claro en afirmar que el reemplazo de las pretensiones de razón por las exigencias de la “ética del discurso” permite continuar con el proyecto político de la razón por otros medios. La ética del discurso supone que las normas morales y jurídicas, así como los proyectos políticos deben someterse al torbellino de la problematización que la deliberación pública supone. Dicha deliberación tiene ciertas exigencias fundamentales, especialmente, que los participantes en la discusión tienen que expresar argumentos y razones claramente sustentadas y que se encuentran sujetas al cuestionamiento y la crítica; además, todos los implicados tienen los mismos derechos de participar en la discusión y que se ha de tener en cuenta las consecuencias que pesarán sobre los implicados por las decisiones asumidas[9].
      
Así, resulta discutible la afirmación de algunos según la cual el proyecto político de la ilustración ha agotado por completo sus energías. La filosofía, y en especial, la filosofía política, ha de fomentar en nosotros lo que Rorty señala que debe fomentar también la educación universitaria: la capacidad de dudar y cuestionar como la capacidad de imaginar. La capacidad de dudar y cuestionar las verdades recibidas y consagradas tanto por la cultura anquilosada por el positivismo como los saberes recibidos en la academia universitaria. Dichas verdades deben ser discutidas públicamente, tanto dentro y fuera de la universidad. Pero también debemos cultivar la imaginación para generar relaciones sociales cada vez más libres y emancipadas. El cultivo de la imaginación se realiza justamente a través del contacto con la cultura, de manera que se abren nuestros espíritus en un proceso de reedificación y forjación constante.     



[1] KANT, Immanuel; Crítica de la razón pura, México: FCE, 2009. P.7.
[2] RICOEUR, Paul; Freud: una interpretación de la cultura, México: Siglo XXI, 1999.
[3] NIETZSCHE, Friedrich; El nacimiento de la tragedia, o Grecia y el pesimismo, Madrid: Alianza Editorial, 2005.
[4] AGAMBEN, Giorgio; Homo sacer. El poder y la nuda vida, Valencia: Pre-textos, 2003.
[5]  FOUCAULT, Michel, ¿Qué es la ilustración?, Alción: Córdova, 1996.
[6] RORTY, Richard; Cuidar la libertad, Madrid: Trotta, 2005.
[7] RAWLS, John; Liberalismo político, México: FCE, 1996.
[8] RORTY, Richard; Pragmatismo, una versión: antiautoritarismo en epistemología y  ética, Barcelona: Ariel, 2000. P. 21.
[9] HABERMAS, Jürgen; El discurso filosófico de la modernidad, Buenos Aires: Katz, 2010.

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