lunes, 17 de septiembre de 2007

¿Qué significa “orientarse en el pensamiento” dentro del catolicismo?

1.- Introducción.

A causa de los vínculos entre religión y política que trae consigo, el fundamentalismo ha devenido últimamente en un foco de discusión política, social e intelectual. Si bien su relevancia política no es la única característica del fundamentalismo, suele ser la más preocupante porque con ella se afecta la vida de las sociedades en su conjunto. Los sectores fundamentalistas al interior de varias sociedades contemporáneas consiguen influir en los sistemas políticos a través de sus rostros en el sistema de partidos o por medio de su poder económico. Al mismo tiempo el arraigo social de ideologías y grupos fundamentalistas, debido a que éstos ofrecen soluciones claras y simples (pero, claro está que realmente ineficaces) a los problemas de muerte, miseria y explotación de las mayorías Ciertamente alguno de los actores políticos en la comunidad internacional contemporánea tienen una orientación fundamentalista o integrista. Ejemplo claro de ello resulta ser el peligroso ascenso que grupos integristas han conseguido en el medio oriente. Además es posible constatar cómo algunos actores en la política nacional pueden estar motivados por creencias fundamentalistas o se encuentren dispuestos a realizar alianzas con sectores fundamentalistas con el fin de tener mayores cuotas de poder. La sistemática campaña emprendida en nuestro entorno en contra de todos los programas de planificación familiar evidencia cómo sectores fundamentalistas ejercen una gran presión en la toda de decisiones política en el país.
Respecto del fundamentalismo se ha escrito bastante y a veces de manera incompleta. La cantidad de publicaciones, entre libros y artículos, ha sido desbordante, y por momentos causa de confusión conceptual. Muchas veces se usa ese término como un epíteto calificativo para golpear a adversarios políticos o a instituciones cuyas políticas no se comparten[1].
Mucha de la literatura sobre la cuestión del fundamentalismo lo aborda desde una perspectiva sociológica, psicológica y/o teológica. Desde la sociología se analiza el comportamiento colectivo de ciertos grupos sindicados como fundamentalistas y sus relaciones sociales con otros grupos del entorno. A menudo se menciona, desde este ángulo, que los fundamentalistas son socialmente conservadores, enemigos de la modernidad social e industrial. Desde la perspectiva psicológica se estudia el fundamentalismo como una patología y se caracteriza los rasgos psíquicos de quienes padecen tal patología. A menudo se menciona, cuando se asume esta óptica, que los fundamentalistas son inseguros, temerosos de los cambios y propensos a la violencia. Pero además, puesto que el fundamentalismo es primariamente un fenómeno de carácter religioso, ha sido foco de interés de teólogos y biblistas. En este caso el análisis del fenómeno incluye, junto con la perspectiva sociológica y psicológica, un esclarecimiento desde las Sagradas Escrituras. Aquí se ha denunciado la lectura literal que cierto tipo de fundamentalistas, ha saber, ciertos grupos protestantes, denominados “sectas”, hacen de la Biblia. Estos teólogos y biblistas recurren o a los métodos histórico – críticos (acuñados en Alemania durante el siglo XIX) o a los cánones de interpretación que ofrece la Iglesia Católica, cánones sedimentados por la tradición y consagrados por la autoridad romana[2].
Estos enfoques han aportado de manera valiosa al esclarecimiento del fenómeno en cuestión, pero han descuidado la dimensión filosófica, que es la que se encarga de realizar un examen sobre los conceptos epistémicos que se encuentran implicados en las creencias de un fundamentalista. Es por ello que es necesario empezar nuestro análisis del fundamentalismo en el catolicismo tratando de aclarar los términos. Es necesario defender la tesis de que el fundamentalismo también es un problema filosófico, porque hay ciertas creencias que uno podría asumir inocentemente, que no se muestran como fundamentalistas pero que desembocan en ello. Se trata de algunas concepciones conservadoras. La tarea de la filosofía aquí es la crítica de las ideologías y de las creencias asumidas no reflexivamente.
Antes de proseguir, he de aclarar la naturaleza de mi propia aproximación al tema. En tanto que creyente católico y filósofo crítico, el presente texto surge como una legítima preocupación respecto de la manifestación de movimientos fundamentalistas al interior del mundo católico. Esta preocupación brota tanto de mi propia condición de hombre de fe y de intelectual. No se trata en caso alguno de una mirada estrictamente analítica, aunque por momentos pueda insistir en la necesidad de realizar un examen de los conceptos. Tampoco mi aproximación pretende ser “objetiva”, si por ello entendemos un punto de vista no comprometido. La mía es una aproximación a la cuestión del fundamentalismo en el catolicismo que desde dentro de la misma Iglesia procura ser lo más reflexiva posible, pero además honesta. Se trata de una aproximación testimonial que me resulta adecuada desde el punto de vista de mi propia fe y de mi trabajo en filosofía pública, es decir, filosofía que tiene su interés en los problemas sociales[3].

2.- Precisión del término “fundamentalismo”.

La primera aclaración que es necesario hacer respecta al mismo uso del término “fundamentalismo”. En la literatura especializada es posible percibir que se hace un uso indiscriminado de tres términos, los cuales son tomados desde el principio como sinónimos. Tales términos son los de “fundamentalismo”, “integrismo” y “conservadurismo”. Pero sucede que no necesariamente un fundamentalismo es integrista y tampoco es cierto que todo conservadurismo sea fundamentalista o integrista[4].
Precisemos estos términos con el fin de aclarar el fenómeno que estudiamos. El primero de estos términos es el de “fundamentalismo”. Éste es usado en dos sentidos, uno estricto y otro amplio. En su sentido estricto, el término se remite a la unión de tradicionalistas de las iglesias evangélicas norteamericanas, más precisamente profesores de la universidad de Princeton, quienes escribieron, a partir de 1910, una serie de libros titulados The Fundamentals, buscando definir la ortodoxia de la fe cristiana y enfrentar el proceso de modernización de la sociedad[5]. Para ello llegaron a un acuerdo sobre ciertos principios que tendrían el estatuto de verdades incuestionables que habrían de prevalecer sobre las afirmaciones de la ciencia cuando entren en colisión con ellas. Estos principios fueron denominados fundamentals o fundamentos de la fe y quienes las asumían se autodenominaban fundamentalistas[6].
Los principios que afirman los fundamentalistas son básicamente cinco. 1) la infabilidad de las Sagradas Escrituras, 2) el nacimiento virginal de Jesucristo, 3) el sacrificio redentor de Jesucristo en nombre de la humanidad, 4) la resurrección de la carne y 5) el retorno de Jesucristo para realizar en juicio final y establecer su reino milenario sobre la tierra[7]. Estos principios son utilizados contra tres objetivos principales. El primero es de carácter general y consiste en detener el avance de la modernización de la cultura occidental, es decir, la modernidad. El segundo y el tercero son más específicos, pero no por ello carecen de importancia: combatir los métodos histórico – críticos de interpretación de la Biblia, afirmando una lectura literal de las Sagradas Escrituras, y combatir el darwinismo, afirmando la tesis del creacionismo, según la cual el hombre ha sido creado por la gracia divina[8]. Además, estas afirmaciones son de carácter teológico y sirvieron a los fundamentalistas para enfrentar las llamadas teologías modernistas.
El uso del término “fundamentalismo” en su sentido amplio resulta ser confuso y lo considero inapropiado. Con él se pretende aludir, sin hacer los matices pertinentes, fenómenos religiosos (como el fundamentalismo, el integrismo y el conservadurismo religioso), fenómenos sociopolíticos (como la política de ciertos gobiernos conservadores) o posturas teóricas en las ciencias sociales, especialmente la economía, y las ciencias en general (por ejemplo, se suele decir que un defensor a ultranza de la teoría económica de un libre mercado es un fundamentalista, aunque a veces suele identificar la teoría neoliberal en economía como “pensamiento único”[9]; también se suele decir que es “fundamentalista” quien afirma con cierta certeza un sistema científico de creencias y que muestra poca disposición al diálogo con otras concepciones científicas). La inconveniencia de usar este término en su sentido amplio es que conduce a confusiones, en cambio permitir la descripción de fenómenos y la aclaración de problemas.
El integrismo, en cambio, tiene su origen en Oriente, específicamente ciertos países islámicos y su naturaleza es de carácter más abiertamente político. El integrismo combate la separación entre Estado y religión, de manera que las pautas morales y religiosas propios de un grupo de creyentes sirvan de pauta para la integridad de las relaciones políticas y sociales. Puesto que el liberalismo político que tiene su origen en el Occidente moderno proclama la separación entre Estado y religión, el integrismo rechaza la cultura política occidental por su potencial secularizador de la esfera pública[10].
El integrismo no es exclusivo del Islam. También en el cristianismo hubo una época en el que se apoyaba una concepción integrista de la política. Durante la Edad Media el integrismo era sumamente extendido y nadie lo veía mal. Se pensaba, más bien, que era lo que correspondía al orden político deseado por Dios. Es a partir de la modernidad filosófica y cultural que comienza a cuestionarse el integrismo en Occidente. El integrismo comparte con el fundamentalismo el rechazo a la modernidad, a la que identifica con Occidente y especialmente con los Estados Unidos, pero la democracia y la separación liberal entre Estado y religión es algo que los fundamentalistas norteamericanos aceptan mientras que los integristas rechazan[11]. De esta manera, si bien el occidente cristiano no estuvo libre del integrismo en el pasado, este fenómeno, tal como lo conocemos se asocia a ciertos grupos de oriente. Si bien es cierto que incluso la distinción oriente – occidente está en proceso de redefinición[12], es posible aún señalar que el integrismo contemporáneo es una respuesta de ciertos grupos orientales contra el proceso de modernización social y política que proviene de occidente.
Por conservadurismo (dentro del campo de lo religioso, que es lo que interesa aquí) hemos de entender aquella actitud de preservar ciertas enseñanzas, textos, doctrinas y/o prácticas para el legado religioso de una comunidad. No necesariamente un conservador es un fundamentalista o un integrista. Mucho depende de qué es lo que busque conservar y de qué manera procure hacerlo. De hecho, todos los grupos cristianos mantienen la Biblia como un legado importante. Algunos de ellos procuran preservar cierta interpretación de las Sagradas Escrituras que tiene cierta orientación moral y doctrinal, pero ello no hace necesariamente de ellos unos fundamentalistas. De hecho, todos los católicos aceptan la interpretación según la cual la tradición de la Iglesia y la autoridad de Roma tienen un lugar importante. En el catolicismo hay y siempre ha habido sectores más liberales y sectores más conservadores que han tomado distancias de grupos fundamentalitas. Podríamos decir que lo que distingue al conservador de un fundamentalista es que mientras que el segundo tiene una lectura literal de la Biblia, el primero tiene una lectura mediada por una tradición de interpretación.

3.- Discusión sobre si es posible el fundamentalismo en el catolicismo.

Se ha sostenido repetidas veces que el fundamentalismo dentro del catolicismo es imposible señalando que puesto que la Iglesia Católica tiene como referente no sólo la Biblia sino además una tradición y un sistema dogmático (y una autoridad que lo sustenta, encarnada en la jerarquía eclesial, y de manera especial en el Papa), sería imposible que en ella se reproduzca el fenómeno de lectura literal del texto sagrado que caracteriza al fundamentalismo en ciertas iglesias protestantes. Este presupuesto es en parte cierto, pero sólo en parte. Es vedad que la lectura literal es lo que caracteriza al fundamentalismo. Pero es cierto también que es posible asumir la tradición y/o con el dogma (y la autoridad) de modo “literal” e irreflexivo.
Aquí es necesario introducir una segunda aclaración respecto del término “fundamentalismo”. Esta segunda aclaración del término tiene, a su vez, dos partes. La primera constata que el fundamentalista sostiene que es necesario tomar el texto bíblico de manera literal, no introducir ningún elemento interpretativo. Es decir, es necesario entender las escrituras como un “texto cerrado”, a partir de lo cual toda interpretación de algún pasaje debe hacerse exclusivamente a partir de otros pasajes del mismo texto. Se trata del fenómeno que Ralph Hood Jr. señala como “principio de intra-textualidad”[13], es decir, todos los referentes de lectura del texto se deben hallar en el texto mismo. Lo que la lectura literal rechaza es la referencia a elementos externos de interpretación[14].De esta manera, lo característico de la lectura literal del texto se encuentra en que es “cerrada”, es decir, incluye el rechazo de la interpretación y del contexto vital en el que se encuentran los intérpretes. Se trata, pues, de una lectura acrítica de los textos[15].
La segunda parte de la segunda aclaración respecto del término “fundamentalismo” consiste en que éste no se limita necesariamente a una lectura literal de la Biblia, sino que también puede extender su lectura acrítica a la tradición y el dogma. Ciertamente, el catolicismo cuenta no con una fuente consagrada, sino con tres: la Biblia, la tradición de la Iglesia y el dogma. Si entendemos el fundamentalismo exclusivamente como una lectura literal de las Escrituras, sería difícil encontrar algo así en el catolicismo. El dogma y la tradición también son referentes importantes para los católicos[16]. Sin embargo podríamos preguntarnos si la presencia de estos tres referentes impide el surgimiento de ciertos grupos dentro del catolicismo que sean de corte fundamentalista[17].
Para poder tener conceptos que permitan comprender fenómenos que se encuentran al interior del catolicismo pero que podríamos llamar fundamentalistas, necesitamos resignificar dicho término. Esto exige que entendamos que la lectura literal que lo caracteriza supone en el fondo una actitud de rechazo de la reflexión crítica. La actitud fundamentalista respecto de las fuentes consiste en considerarlas como un todo cerrado que no requiere de referencias a elementos significativos externos, como podrían ser las otras fuentes y/o las experiencias del mundo vital[18]. Lo mismo que sucede para el caso de la lectura literal de la Biblia se repite en el fundamentalismo que se basa en la tradición o en el dogma: la interpretación que se reconoce como exclusivamente válida es de carácter intra-textual. Pero al mismo tiempo se repite aquí la misma ingenuidad que Arens detecta en el fundamentalismo bíblico: no hay nada en la tradición o en el dogma que indique qué partes de ellos –y ni siquiera si sólo ellos en su conjunto- deben ser tomados como referentes exclusivos para la fe católica. Ello sólo es posible gracias a la acción de un elemento externo que indica qué elementos de la tradición o qué elementos del dogma deben ser asumidos, además de que este líder ofrece su propia interpretación de las fuentes en cuestión como la única lectura que debe asumir el creyente.

4.- Tres formas de fundamentalismo en el catolicismo.

Interpretar la tradición y el dogma como textos de los que puede tenerse una lectura literal permite detectar estas tres fuentes para el fundamentalismo dentro del catolicismo. Describiré estas tres formas del catolicismo fundamentalista para pasar a indagar, en la siguiente sección, cuál puede ser la cura contra este problema. Puesto que en el mundo católico los mensajes que provienen de estas tres formas de fundamentalismo se cruzan en la vida de fe y en las mentes de los creyentes, es necesario hacernos de criterios que permitan orientarnos frente al bombardeo de requerimientos. Por ese motivo en la siguiente sección me dedicaré a la cuestión de la orientación señalando cuál es el aporte que la Ilustración filosófica y cultural puede ofrecer al catolicismo.

a) El fundamentalismo bíblico dentro del catolicismo.

Respecto de la Biblia es posible detectar tres actitudes claramente distintas.:la lectura literal, la lectura tradicionalista y la lectura crítica de los textos. Las dos primeras son lecturas fundamentalistas, mientras que la tercera es una lectura reflexiva. La lectura literal de la Biblia es más extendida y reconocida por las iglesias protestantes más no por le catolicismo, que siempre reconoce que la tradición y o el dogma son elementos indispensables para la vivencia de la fe.



b) El fundamentalismo tradicionalista.

Si bien en el catolicismo no encontramos un fundamentalismo bíblico, lo que sí hayamos es una lectura tradicionalismo de las Escrituras. De esta manera en esta sección veremos primero esta versión del tradicionalismo, para pasar inmediatamente al tradicionalismo doctrinal, que tiene que ver con la defensa de una teología específica y con los rituales medievales.

a.- La lectura tradicionalista de la Biblia.

No cabe duda que la lectura tradicionalista es la más extendida en el mundo católico. Ésta incorpora la idea de la necesidad de interpretar los textos, pero el punto de referencia para ello es lo que podemos denominar “el tradicionalismo”. Tenemos que distinguir aquí este tradicionalismo de lo que es la tradición de la Iglesia. El tradicionalismo se articula sobre la base de una lectura selectiva e ideológica de la tradición que ciertos líderes fundamentalistas ofrecen a sus seguidores. Como fruto de esta tergiversación intencional de la tradición surgen ciertas interpretaciones de la Biblia que se atribuyen a los hitos importantes de la tradición de la Iglesia (como ciertos Padres de la Iglesia, santos o teólogos), pero que en realidad son construcciones ideológicas más que interpretaciones que broten de la tradición.
La tradición en cambio escapa a toda reducción ideológica. Ésta se encuentra compuesta de una pluralidad de espiritualidades de la que surge una pluralidad de interpretaciones que dialogan entre sí. Es por eso que el diálogo, la controversia y la discusión teológica y en torno a la lectura de los textos bíblicos es algo que ha caracterizado a la Iglesia desde sus inicios[19]. Además, la lectura de la Biblia que se teje en la tradición no rehuye las nuevas experiencias que los creyentes van teniendo en el mundo y la sociedad, sino que las asume como elementos importantes para la reflexión sobre la fe bíblica. En cambio, la lectura tradicionalista se reclama heredera de la tradición, pero rechaza la pluralidad de interpretaciones y los vínculos que las lecturas de la Biblia establece con el contexto vital de las comunidades de fe.
La interpretación que atribuyo aquí a la tradición, y que es distinta de la lectura tradicionalista, es la que ha estado presenta en varios momentos en la historia de la Iglesia Católica, pero no siempre las autoridades eclesiales han estado movidas por ella. Esta interpretación recoge, ciertamente, elementos de la perspectiva hermenéutica y/o permite el diálogo entre diferentes puntos de vista respecto de las Escrituras. Para los efectos del presente ensayo no considero esta lectura como una interpretación metodológicamente independiente de la lectura crítica –que presentaré en un momento más- pero se podrían presentar buenas razones para hacer de la tradición un foco de interpretación independiente.
La actitud con la que el tradicionalista lee las Sagradas Escrituras está impregnada de rechazo frente al mundo y a la sociedad contemporánea. Este fundamentalista extrae de la “tradición”, entendida bajo los moldes monolíticos y simplificadores del tradicionalismo, la exigencia de interpretar la Biblia como una fuente de condena y rechazo de la modernidad cultural y filosófica. En el ámbito filosófico, ante los conceptos modernos y contemporáneos de razón coloca el ideal antiguo de la razón metafísica griega. La causa de esta preferencia es que mientras que el concepto metafísico de razón griega ofrece categorías que permiten definir racionalmente a Dios, como si fuese un objeto de nuestro conocimiento, los conceptos modernos y contemporáneo de razón se levantan como críticas de esa metafísica y sus categorías. Desde las críticas modernas a la metafísica resulta imposible demostrar racionalmente la existencia de Dios.
El mayor enemigo que el tradicionalista avizora aquí es Inmanuel Kant, quien, sobre la base de su crítica a la metafísica tradicional, distinguió entre la razón teórica y razón práctica, y en este último ámbito ubicó tanto a la moral como a la religión, entendiéndolas como articuladas bajo el postulado de la idea de libertad y el postulado de la idea de Dios respectivamente. Kant había dado cuenta en su Crítica de la razón pura[20] que la razón se formula preguntas que no puede rechazar, por la importancia que ellas tienen para la vida de los hombres, pero que no está en condiciones de responder en el sentido de las ciencias positivas. Se trata de preguntas como las referentes a la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la libertad, que desbordan los límites propios de la misma razón. La razón sólo puede conocer lo que se ofrece al ser humano dentro de los márgenes de la experiencia a través de los conceptos que son inherente a la misma razón, las llamadas formas puras de la intuición (espacio y tiempo) y las categorías del entendimiento (causa, unidad, sustancia, etc.). Estos conceptos se aplican sólo al conocimiento empírico, pero si intentamos aplicarlos a objetos que desbordan la experiencia sensible se producen las diferentes figuras del dogmatismo que ha caracterizado la metafísica tradicional.
Aquello de lo que Kant dio cuenta es que mientras la razón aplique sus conceptos a los datos de la experiencia, sus articulaciones pueden avanzar con puntos de referencia reconocibles y aceptables, pero cuando procura avanzar más allá de los límites de la experiencia tiene que caminar a ciegas, puesto que esos puntos de referencia que la orientan ya no están, se han quedado en los ámbitos de la experiencia y ya no la acompañan cuando ésta pretende tener conocimiento de objetos trascendentes. Así, la pretensión de la razón de rebasar los límites de la experiencia es el origen de las diferentes filosofías dogmáticas.
Todas estas concepciones dogmáticas de la filosofía se elaboran sobre la base de una razón que no reconoce sus límites, es decir, que no ha pasado por la criba de la crítica. Sus conceptos metafísicos no pueden ser argumentados sino solamente impuestos. Pero así como un grupo dogmático puede pretender imponer sus conceptos metafísicos, todos los otros grupos se sienten con el mismo derecho, lo cual conduce a un diálogo de sordos. Dada esta situación, lo más honesto que se puede ser en filosofía, señalará Kant, es reconocer los límites de la razón, es decir, aceptar la crítica de la razón especulativa.
La crítica no consiste en el desacuerdo con algún concepto ofrecido por alguien respecto de algún tema en particular. Lo que es criticado es la misma razón cuando pretende tener conocimiento de objetos metafísicos. Sometida a tal crítica la razón no puede tener conocimientos de cosas como Dios y la libertad. Pero puesto que tales ideas son importantes para ofrecer coherencia a nuestra experiencia en el mundo, las ideas de Dios, la libertad y la del mundo mismo aparecen no como objetos de conocimiento de la razón especulativa sino como postulados de la razón práctica. La idea de libertad, por ejemplo, permite interpretar al ser humano no sólo vinculado a las leyes de la naturaleza a las que no puede más que seguir mecánicamente, sino también como ser libre que es capaz de producir por sí mismo las leyes morales y actuar conforme a ellas. Con esto las leyes morales brotan de la razón autónoma de los sujetos y ya no de un concepto dogmático y metafísico de Dios.
El argumento que se esgrime para valorar la razón metafísica dogmática ha sido planteado nuevamente por Benedicto XVI en el contexto su discurso en la universidad de Ratisbona. De acuerdo con él no podemos asumir el concepto de razón crítica moderna que sirve de base a los métodos histórico – crítico de interpretación de la Biblia porque la Biblia, por lo menos, la parte que sería relevante para el cristianismo, se encuentra impregnada de una razón helénica, es decir, la razón metafísica griega.
Veamos el argumento con mayor detenimiento. Éste parte del supuesto de que la parte de la Biblia que es relevante para la fe cristiana ha sido articulada sobre la base de un concepto de razón metafísica propio del mundo griego. Como prueba se señala que el Nuevo Testamento ha sido escrito en griego y que las partes más relevantes del Antiguo Testamento –en las que se prefiguraba la fe cristiana ya en el judaísmo- tuvieron una gran influencia helénica. Es decir, la impronta griega (o la también llamada “primera inculturación”) sería esencial en el mensaje Bíblico relevante para la fe cristiana. Y se menciona que lo que esa impronta significa es el valor de un concepto de Razón que resulta adecuado para expresar los contenidos de la fe que se encuentra en la parte de la Biblia relevante para los cristianos. Este concepto de Razón metafísica contendría las categorías fundamentales de la fe, que permitirían conocer y entender a Dios (y, obviamente, derivar de Él un conjunto de preceptos doctrinales y morales). Así, los conceptos de esencia, accidente, substancia, acto y potencia, serían “Los Conceptos” a través de los que el Dios bíblico se manifiesta y quiere que los hombres le entendamos.
En este argumento encuentro dos problemas. El primero es el criterio para reducir las partes de las Escrituras relevantes no resulta convincente. No queda del todo claro el porqué no deberían ser igualmente relevante las otras partes del Antiguo Testamento. ¿Sólo porque no prefiguran a Cristo tan bien como las partes helenizadas? ¿O es que se privilegian las partes helenizadas sólo por el hecho de serlo? ¿Acaso puede ser porque se da por supuesto que el mensaje cristiano es la misma helenización de las Escrituras y éste comienzan donde éstas denuncien la impronta griega?. Aún menos convincente resulta –y este es el segundo problema que veo- la insistencia con la que se afirma que la influencia más importante en los textos relevantes para la fe cristiana es la griega. ¿Por qué no ha de ser plausible sostener que junto con la influencia griega en los textos del Nuevo Testamento, por ejemplo, en el prólogo al evangelio Juan, no hay también influencia semítica? ¿Por qué no sería plausible sostener que la influencia semítica pudo ser mayor, además tomado en cuenta el hecho de que el lenguaje que se usa en los textos es narrativo y no doctrinal ni metafísico? Los estudios bíblicos contemporáneos dan pie a estas interrogantes. Ciertamente se puede decir que tales estudios están influenciados por los modernos métodos histórico críticos, pero son los únicos de los que disponemos. Mientras no contemos con estudios bíblicos alternativos los defensores de la desacreditación frente a estas interrogantes no tendrán argumentos que mostrar. Ciertamente, el método histórico es posible que encontremos deficiencias en el método histórico crítico, lo cual exige que se presenten métodos alternativos que sean más satisfactorios y rigurosos, mientras tanto hemos de seguir confiando en ellos como los más eficientes hasta el momento. Lo que no resulta ser claro es desacreditarlos simplemente sin tener una mejor opción..


b- El tradicionalismo doctrinal y ritual.

Es conocido el caso de Mons. Lefévre. Él se convirtió en el líder de un grupo fundamentalista que abogaba por el tradicionalismo. Lefevre se oponía abiertamente al concilio Vaticano II y entre otras cosas exigía que el latín vuelva a ser la lengua para la liturgia católica. Con ello expresa un fundamentalismo tradicionalista que pone el énfasis en el rito tradicional, el cual es identificado con el rito de la alta Edad Media. Ciertamente, el énfasis en esa forma del rito descuida formas más antiguas (más tradicionales, podríamos decir), que nos remontan a una época en la que los seguidores de Jesús no hablaban entre ellos ni latín ni griego.
El grupo dirigido por Lefevre fue finalmente apartado de la Iglesia, pero en la actualidad existen otros grupos fundamentalistas tradicionalistas que no han sido objeto de ese alejamiento. Varios de esos grupos adhieren a una variante distinta del fundamentalismo tradicionalista que enfatiza el aspecto doctrinal. Para tener tal adhesión es necesario construir una imagen homogénea de la tradición, en la que la tradición consagrada no es otra que aquella que se desprende de los trabajos de Tomás de Aquino y de su reformulación realizada por los neotomistas. Aquí el contraste es claro respecto de quienes consideran que en primer lugar, la Iglesia Católica está compuesta de un conjunto de tradiciones espirituales y teológicas que se encuentran lejos de ser completamente armónicas entre sí, y que, en segundo lugar, estas tradiciones se remontan no a la imagen teológica y eclesial que se desprende del trabajo de Tomás de Aquino, sino que se retrotrae a las primeras comunidades cristianas en Jerusalén.
Los neotomistas han convertido convirtieron el pensamiento filosófico y teológico de Aquino en un arma ideológica. Trastocaron los conceptos desarrollados por Aquino, los simplificaron y los plasmaron en manuales a través de los cuales adoctrinan a sus seguidores. Al mismo tiempo presentaron una falsa retrospectiva de la filosofía y la teología de la Edad Media, con el fin de eliminar la pluralidad que recorría el cristianismo entonces y mostrar al neotomismo como la gran síntesis del pensamiento cristiano. Así, el pensamiento cristiano es reducido a ideología neotomista y la tradición convertida en el tradicionalismo que he descrito anteriormente. Estos tradicionalistas doctrinales están asumiendo actualmente dos estrategias definidas. Ambas estrategias aprovechan ciertos énfasis legítimos que desde la jerarquía de la Iglesia se están produciendo. El primero es el ya mencionado asunto teórico y doctrinal de la helenización, mientras que el segundo es el énfasis pastoral que tiene actualmente la llamada “Nueva Evangelización”. Tal como la jerarquía de la Iglesia las presenta, ambas políticas se muestran como fruto de preocupaciones legítimas.
El problema que el Papa Benedicto XVI encuentra frente a los tres momento de la historia moderna en el que se procuró deshelenizar en mensaje bíblico puede adquirir su justificación en el contexto del debate académico al interior de la universidad, tal como expresamente el Pontífice lo dice expresamente en su discurso en Ratisbona. La cuestión es si la teología premoderna, que mantiene un concepto metafísico de razón, está siendo tomada en serio en los ámbitos académicos, es decir, si no está siendo, por una parte, tergiversada, simplificada y convertida en manuales de adoctrinamiento, y de otra, si está siendo discutida seriamente por quienes no la comparten. Considero que interpreto bien el discurso de Joseph Ratzinger cuando lo leo no como enunciados doctrinales recubiertos del halo de la infabilidad, sino como un texto académico en el que se esgrimen razones y que es susceptible de crítica. Es sobre la base de esta consideración que discutí algún aspecto del problema arriba.
Pero los fundamentalistas consideran que el asunto de la helenización no es un asunto de discusión académica, sino de fe. Desde esta perspectiva no sería posible ser creyente y no asumir la helenización. Aquí el asunto desborda el plano académico y se convierte en un asunto estrictamente político, con lo que se pierde una valiosa oportunidad para la reflexión teológica. Con ello los fundamentalistas asumen de manera completamente inadecuada la preocupación por la “Nueva Evangelización” que brota de la Iglesia.
La Nueva Evangelización originariamente se plantea como un esfuerzo de parte de la Iglesia de asumir las sociedades contemporáneas y entrar en diálogo con ellas. Tiene como motivación inicial el nuevo mundo europeo en el que parece ser que la Iglesia y la sociedad no encuentran una base para el encuentro. Esta preocupación se planteó seguidamente para la ex Europa del este y para América Latina, teniendo en cuenta los contextos eclesiales y sociales específicos. Los fundamentalistas tradicionalistas han tergiversado dicho proyecto transformándolo en lo que Alberto Adrianzén ha denominado acertadamente “la nueva extirpación de idolatrías”[21], que en el Perú esta reeditando aquella que se realizó durante la Edad Media en Europa y en las colonias españolas. Se trata de una nueva versión de la Inquisición por medio de la cual no se hace más que generar escándalo para la Iglesia en su conjunto y herir profundamente a sus miembros. Los casos que se repiten últimamente en el sur andino peruano son ya escandalosos. Allí los grupos fundamentalistas están reemplazando antiguos párrocos y obispos progresistas (quienes durante décadas han realizado una labor pastoral y social valiosísima, especialmente durante el período del conflicto armado interno), y señalan que el pueblo Aymara que habita la región, puesto que no ha sido catequizado bajo los cánones de tradicionalismo es un pueblo pagano, no católico.

c) El fundamentalismo católico del dogma.

Es posible tener una relación irreflexiva con los dogmas de la Iglesia y el catecismo romano, y no verlos como puntos en los que ha llegado el debate inconcluso respecto de la fe al interior de la Iglesia, sino como “Verdades de fe” inamovibles de las cuales sólo cabe tener una sola interpretación. La infabilidad de los dogmas en realidad no descansa en que las autoridades los hayan establecido, sino en el respaldo que el acuerdo dogmático adquiere de la comunidad de creyentes, puesto que expresan ciertas síntesis de la vida de fe de la Iglesia en su conjunto. Las autoridades asumen su papel en tanto actúen como puentes entre diferentes sectores de la Iglesia a fin de llegar al mejor acuerdo posible respecto de tales síntesis dogmáticas. De otro modo no actuarían como autoridades legítimas, sino de manera autoritaria. Mientras que la autoridad legítima está recubierta de una exigencia moral respecto de su propio actuar, la autoridad ilegítima, la autoritaria, expresa las aspiraciones políticas de una de las facciones de la Iglesia. En un momento más volveremos a esta distinción entre política y moral respecto del ejercicio de la autoridad cuando examinemos la actitud de las autoridades respecto de la vida política de la sociedad.
Este tercer grupo de fundamentalistas suelen dar dos pasos conceptuales que son altamente cuestionables. En primer lugar, suelen pensar que lo que define especialmente la fe católica es la valoración de los dogmas por sobre las demás fuentes. En segundo lugar, los adeptos a esta forma de fundamentalismo suelen preferir lecturas particularmente erradas de los dogmas. Estas interpretaciones del dogma suelen no establecer la distinción entre las declaraciones de las autoridades de la Iglesia y el dogma.
Tal como ya lo señalamos, el asunto del dogma nos conduce directamente al de la autoridad. En vínculo aquí es que la autoridad define el dogma después de haber llevado adelante un proceso de escucha, mediación y debate entre las partes de la Iglesia. Pero no todas los pronunciamientos de la autoridad, ya se trate del Papa o de los obispos, tiene carácter dogmático. Algunas de ellas tienen exclusivamente carácter moral. Se trata de las que respectan a la conducción de la vida política de las sociedades. En este punto la Iglesia no puede plantearse una actividad política o declaraciones políticas, sino que entiende su papel como un punto de vista moral respecto de la política. De modo que el Papa o los Obispos hacen declaraciones morales en torno a la política local o internacional cuando defienden las libertades de los miembros de la sociedad frente a las agresiones de las actitudes y comunicaciones políticas distorsionadas. Puesto que la carencia de accesos a recursos básicos es un atentado contra las libertades fundamentales, cuando las autoridades de la Iglesia denuncian la pobreza y las estructuras económicas, políticas y culturales que generan la pobreza a gran escala, tales denuncias no tienen un carácter político sino moral[22].
Así las autoridades de la Iglesia cumplen su papel al defender las libertades de los ciudadanos contra cualquier tipo de coacción política. Pero cuando estas autoridades pretenden coactar las libertades de los ciudadanos, entonces pierden legitimidad. Es propio de los fundamentalistas en sostener que las autoridades deben coactar las libertades de los ciudadanos y, de manera especial, la de los creyentes. Así abogan por apoyar ciertas políticas que cierran las puertas a la libre elección respecto de formas de planificación familiar, de orientación sexual y de definición de planes de vida de los ciudadanos.
Respecto de los propios católicos la coacción política de parte de estos fundamentalistas es más agresiva aún. Tratan de imponer autoritariamente qué tipo de opciones morales, políticas y qué tipo de creencias deben tener los creyentes. Respecto de la libertad de creencia de los propios creyentes la agresión de parte de los grupos fundamentalistas se ha vuelto escandalosa. Tales grupos se abrogan el derecho de decirle a los creyentes qué espectáculos culturales no pueden ver, así como qué libros no pueden leer. Se creen con la autoridad, inclusive, para indicar de qué manera deben los fieles vivir su fe.
En este último aspecto me parece sumamente útil la distinción que William James[23] establece entre lo que podemos parafrasear como la experiencia religiosa de aquellos que son productores de espiritualidad y aquella que es propia de los que son consumidores de la espiritualidad dada por otros. Los sujetos y las comunidades que tienen una experiencia productiva de espiritualidad suelen ser hostigados por grupos fundamentalistas, grupos que prefieren que los fieles sean consumidores de espiritualidades impuestas autoritariamente. De esta manera lo que hacen es coactar la libre vivencia de lo religioso y de lo místico dentro de la Iglesia.
Los casos más resaltantes de vivencia productora de espiritualidad en el Perú han sido la expresada por el misticismo de Santa Rosa de Lima y la espiritualidad que sirve de base a la Teología de la Liberación. Ambas espiritualidades productivas fueron hostigadas por grupos fundamentalistas sobre la base de que todos debían tener una actitud consumidora de los modelos de espiritualidad ya preestablecidos por la autoridad. La osadía de Rosa fue el declarar que no necesitaba mediaciones institucionales para tener una relación mística con Dios. Gustavo Gutiérrez se atrevió a tematizar teológicamente una vivencia de fe propia de la Iglesia latinoamericana que tenía como centro de su espiritualidad la experiencia de injusticia que sufren los pobres y su fe en el compromiso de Dios con ellos. Finalmente ambas vivencias espirituales fuero absorbidas por la jerarquía de la Iglesia. Santa Rosa es declarada Patrona de las Américas y algunos aspectos de la Teología de la Liberación han sido asumidos por la Doctrina Social de la Iglesia. Pero en ambos casos la Jerarquía ha tergiversado la espiritualidad en cuestión extrayéndoles el potencial transformador. Lo mismo ha sucedido respecto de la espiritualidad de Vaticano II y de Juan XXIII, quien ha sido transformado en el domesticable Papa buono.


d) Comentarios finales sobre las formas de fundamentalismo católico.

Si mi reinterpretación del término fundamentalismo es plausible, encontramos tres fuentes de fundamentalismo en el catolicismo. La primera es la lectura literal de la Biblia, y daría como resultado un fundamentalismo bíblico. La segunda fuente es la tradición y de allí se desprende un fundamentalismo tradicionalista. La tercera fuente es el dogma y la autoridad, y arrojaría un fundamentalismo dogmático. También es posible, pero más difícil, asumir, una actitud fundamentalista recogiendo las tres fuentes al mismo tiempo. Resulta ser más difícil puesto que entre las tres fuentes hay contradicciones, lo cual llevaría a la persona que se coloca en esa situación al irracionalismo. Pero el fundamentalismo no se caracteriza por la claridad de su racionalidad, sino más bien por decisiones y actitudes frente a los textos y al mundo empapados de temor e infantilismo. Además es cierto que muchos católicos de a pie, junto con algunos clérigos, adhieren a este fundamentalismo de las tres fuentes por varios motivos, entre los que destaca la ignorancia y el ansia de poder político.
Por otro lado, algunos grupos que han asumido algunos de estos fundamentalismos han sido separados por la jerarquía romana. Ejemplo de ello es la separación del movimiento tradicionalista de Lefevre. Pero otros han subsistido dentro de las estructuras de la Iglesia Católica con el beneplácito de las autoridades más altas. La creencia de que Roma ha inclusive fomentado ciertos grupos fundamentalista se encuentra alentada por ciertas acciones políticas (entre las que destaca con toda claridad el trato con los defensores del franquismo). Ello es lo que ha llevado a varios de los críticos de la política romana a señalar que su conservadurismo se ha acercado en momentos específicos al fundamentalismo.

5.- Fundamentalismo, catolicismo e Ilustración.

Es claro que tanto el fundamentalismo cristiano como el integrismo islámico pueden ser entendidos como reacciones frente a la modernidad. Tal como hemos visto, la modernidad cuenta con diferentes dimensiones: la dimensión industrial, la dimensión social, la dimensión cultural, entre otras. Pero la dimensión filosófica es un aspecto importante de la modernidad que no es explorada en los trabajos tradicionales sobre el fundamentalismo.
Esta modernidad filosófica adquiere su plenitud en el fenómeno conocido como Ilustración que en el siglo XVIII se dio en varios países de Europa. En Inglaterra junto con Hume, Hutcheson, Ferguson y Adam Smith representan el movimiento de la ilustración. En Francia, el proyecto de la Enciclopedia es un proyecto propiamente ilustrado. En él participaron intelectuales como Diderot y D’Alambert. Además Rousseau inspiró a varios de los ilustrados franceses. En Italia, los intelectuales milaneses del círculo del que participaba Beccaria eran ilustrados. Pero en Alemania la Ilustración alcanzó su mejor formulación gracias al trabajo conceptual de Kant.
En su texto titulado Respuesta a la pregunta qué es la Ilustración[24] Kant precisa el significado de dicho término: La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Dicha minoría de edad significa el negarse a pensar con su propia cabeza, pudiendo hacerlo. Los individuos se mantienen en minoría de edad cuando declinan a orientarse por sí mismo en cuestiones morales, políticas, respecto de qué dieta han de tener. Delegan la posibilidad de decidir por sí mismo en esos aspectos a tutores. Estos tutores suplantan el propio pensamiento de las personas: el director espiritual suplanta la propia conciencia moral, el líder caudillo político suplanta mi propia reflexión política, el médico anula mi capacidad de elegir qué alimentos he de ingerir, o un libro de ciencia me dirá que criterios debo asumir. “No necesito pensar si puedo pagar”. Es por ello que Kant resume el lema de la Ilustración en la siguiente frase “¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!”.
La Iglesia católica ha visto con sospechas el fenómeno de la Ilustración porque aparentemente éste desacredita a las tradiciones y especialmente a la tradición de la Iglesia. Más aún, la Iglesia creyó ver en la Ilustración alemana un epifenómeno del protestantismo luterano. Pero con el tiempo esa percepción cambió y un gran sector del mundo católico ha aprendido a ver a ese movimiento filosófico como un potencial renovador. Haber entendido que la Ilustración no es enemiga de la tradición ha sido un punto importante. La invitación de pensar por uno mismo no es sinónimo de renegar de las tradiciones, sino a aceptarlas libremente. Aquí se abre un sentido nuevo que tiene la distinción entre “tradición” y “tradicionalismo”.
La tradición se entiende como un legado que es trasmitido de generación en generación. Pero este proceso de trasmisión tiene dos características que hacen de la tradición un proceso vivo. De una parte tanto quien la trasmite como quien la recibe lo hacen libremente. De otro lado, el proceso de transmisión es sensible a los contextos, de modo que la tradición se renueva y contextualiza. El tradicionalismo, en cambio, no supone ni la libre aceptación del legado, sino la imposición, y tampoco considera la contextualización de lo trasmitido, sino que su contenido es rancio.
La Ilustración, tal como Kant la tematiza, presenta demás otro aspecto que es muy cercano al anterior. Se trata de un aspecto vinculado a la moral: la autonomía moral de los individuos. Se trata de la capacidad que tienen las personas de orientarse en términos morales por sí mismos sobre la base de su razón. Este aspecto de la Ilustración se contrapone a la heteronomía moral, según la cual los individuos requieren de tutores morales. Aquí también, un amplio sector del catolicismo ha entendido que la libertad moral ni es sinónimo de libertinaje ni se opone a la fe. Encuentran, más bien, en el fomento y la práctica de la libertad moral el ejercicio de una fe adulta.
Este proceso de autonomía de la conciencia ha continuado su curso en la filosofía contemporánea, la llamada filosofía de la postmodernidad. Si bien ahora la razón monológica moderna ya no cuenta con el crédito que tenía en el siglo XVIII, los ideales de autonomía moral y de libertad siguen en pié. La postmodernidad filosófica no debe ser entendida como la claudicación frente a una cultura narcisista, más bien significa la confianza con que se pueden seguir sosteniendo los ideales morales de la Ilustración más allá de la crisis de la razón iluminista. Esto es posible por medio del ejercicio del diálogo y el debate público y por medio de una comprensión intersubjetiva de la realidad social.
Este sector del catolicismo que se ha abierto a lo que la Ilustración significa ha entendido que el diálogo con la modernidad es importante para renovar y vivificar la tradición de la Iglesia. Sin embargo hay sectores fundamentalistas que rechazan abiertamente la Ilustración, y sus exigencias de libertad y autonomía moral. Éstos consideran como un deber religioso combatir el proceso de autonomía que la Ilustración significa porque establecen la falsa separación entre libertad y autonomía, de un lado y religión y tradición del otro. El “mal” de la ilustración muestra su supuesta presencia en los estudios bíblicos a través de los métodos histórico críticos –que deshelinizan las Sagradas Escrituras y muestran lo absurdo de la pretensión de leer la Biblia de modo literal - y en las espiritualidades y teologías modernas que cuestionan la concepción tradicionalista del catolicismo. No hay nada que el fundamentalista católico rechace más que los católicos como Ud. y yo que creemos que es posible el encuentro y el diálogo entre el catolicismo y la Ilustración. El fundamentalista católico detesta a creyentes como nosotros porque la crítica desde sectores que se encuentran dentro de la Iglesia los cuestiona más que las críticas que vienen de fuera. Siempre les es posible decir de los críticos externos que son anticatólicos, materialistas, comunistas, que son ateos, que no comprenden lo que la religión y en catolicismo significan. Pero nosotros que formamos parte de la Iglesia sabemos que la fe católica no es aquella maquinaria opresiva de las conciencias que el fundamentalismo representa. Nosotros creemos que la fe es plenificadora de la vida y que la vida humana es ejercicio de la libertad. Si bien no podemos demostrar científicamente ni filosóficamente que Dios existe, creemos profundamente (o por lo menos, junto con Gianni Vattimo, creemos que creemos) que Dios nos ha querido libres y que es entre las libertades humanas donde palpitan los verdaderos templos del Espíritu, que son los únicos que hay.

[1] En este sentido ha sido común que desde tiendas políticas no liberales, y enemigas de la cultura y del sistema internacional de derechos humanos, se califique a la democracia liberal como fundamentalista y a la creencia en derechos humanos de credo fundamentalista. Junto con este epíteto los derecho humanos y la democracia liberal han sido tildados de dictatoriales. Los derechos humanos lo serían por ser instrumentos políticos que usan las potencias hegemónicas para reforzar su imperio y la democracia liberal impondría no sólo una dictadura política sino además una de corte moral, la llamada dictadura del relativismo. Puesto que el sistema político de la democracia liberal permite la convivencia dentro de la sociedad de una pluralidad de comunidades y grupos que se encuentran divididos entre sí por concepciones religiones, concepciones morales y filosóficas, se le acusa de fomentar el relativismo moral, es decir de diluir o debilitar el significado que tiene el término “Verdad” en política.
[2] Hay que anotar que si bien, como veremos en breve, el fundamentalismo surge históricamente en el seno del protestantismo, no es algo exclusivo del mundo protestante. De hecho es posible que desde la teología protestante surja críticas fundamentalismo o a la “teología conservadora”. Ejemplo de ello es la teología del Nuevo Testamento de Bultmann, o la teología de la cruz de Moltmann. En este mismo ámbito de la teología protestante no debemos dejar de mencionar a Bonhoefer, cuya teología de la mayoría de edad moral ha sido sumamente importante para la Teología de la Liberación. También la filosofía de la religión protestante tiene como un gran exponente a Kierkegaard. De hecho, los primeros grupos que se autodenominaron fundamentalistas eran contestatarios de dos fenómenos que se estaban produciendo al interior del mundo protestantes. El primero era el surgimiento de los métodos histórico – críticos (que ancla sus raíces en la hermenéutica del pastor protestante Schleiermacher de inicios del siglo XIX) y las teologías modernas.
Desde el catolicismo el fundamentalismo ha sido visto tradicionalmente como un problema inherente al protestantismo, puesto que éste defiende el principio según el cual “sólo la Biblia basta”. Para algunos sectores católicos los protestantes son esencialmente fundamentalistas porque al contar sólo con la Biblia y no con la tradición, no pueden más que tener una lectura literal. Desde esta perspectiva católica, contar con la tradición y la interpretación de la Biblia que se deriva de ésta, la misma que es consagrada por las autoridades, hacen posible escapar del fundamentalismo.
Pero otro sector del mismo catolicismo a absorbido tanto las teologías modernas como los métodos histórico –críticos que proviene de ámbitos protestantes. Estos católicos saben muy bien que no necesariamente el protestantismo es fundamentalista, sino sólo algunos sectores radicales y acríticos. Intuyen, a su vez, que dentro del catolicismo también puede haber fundamentalismo, a pesar de que la lectura de las Sagradas Escrituras sea mediada por la tradición. Pero en este punto se puede percibir un vacío en el análisis. Por ejemplo, Eduardo Arens ha trabajado en dos lugares el fundamentalismo desde la perspectiva del catolicismo progresista. El primero es un apéndice a su libro La Biblia sin mitos. Una introducción crítica (Lima: Paulinas – CEP, 2004, tercera edición revisada y aumentada). El apéndice lleva como título El fundamentalismo y en él se dedica exclusivamente al fundamentalismo de ciertas sectas protestantes. Desde el punto de vista de los estudios bíblicos el apéndice es sumamente esclarecedor, puesto que allí se señalan tres cosas de suma importancia: 1) La lectura literal (es decir, no mediada por autoridad alguna) que las sectas evangélicas fundamentalistas pretenden hacer no es en realidad tal. El fundamentalista pretende que su interpretación de un pasaje bíblico se apoye en su concordancia con otros pasajes del mismo texto bíblico. Pero tanto la selección de los pasajes pertinentes para guiar la lectura de las Sagradas Escrituras como la manera de leer esos pasajes denuncian la presencia de la autoridad del líder de la secta. 2) Mientras que los fundamentalistas consideran que las Escrituras son “palabra de Dios” Arens hace notar acertadamente que en la Biblia no se dice que esos textos y sólo esos lo sean. Es más, la Biblia ha sido configurada a través del canon y en ese sentido la Iglesia primitiva seleccionó algunos de los textos que estaban a disposición dentro del área de influencia del cristianismo. Estas dos primeras observaciones son de carácter literario y político. La tercera observación es de carácter estrictamente teológico: 3) Los fundamentalistas no toman en serio lo que la encarnación significa. Si así lo hiciesen tendrían que aceptar que allí lo divino y lo humano se encuentran, de tal manera que la Biblia es de origen divino, ciertamente, pero escrita por manos humanas, a través de hombres que vivieron en un contexto histórico. Estas observaciones de carácter literario y teológico son sumamente acertadoa, pero hay ciertos ámbitos del texto de Arens que dejan pistas aún por explorar: 1) Al inicio se identifica el fundamentalismo con el integrismo, cosa que requiere un estudio más detenido. 2) El análisis del fundamentalismo se restringe al mundo protestantes y no se aborda la posibilidad de que lo haya también en el catolicismo.
En Agosto del 2004 Arens publicó en la revista Páginas el artículo titulado ¿Cuál verdad? Apuntes sobre el fundamentalismo (Páginas N° 188, agosto 2004, pp. 36-52). Allí se sigue manteniendo el primer problema: no se precisa adecuadamente los términos “fundamentalismo”, “integrismo”; además se añade el término “conservadurismo” como un sinónimo adecuado. Respecto del segundo problema, se usa el término fundamentalismo de tal manera que pueda agrupar a sectores católicos y al Islam radical. Pero, otra vez, no se hacen las distinciones suficientes. El enfoque ya no es estrictamente bíblico, sino que el acento ahora está en las perspectivas sociológica y psicológica. El uso de la perspectiva sociológica es la que tiene más problemas, puesto que hecha mano de los términos “modernidad” y “postmodernidad” de manera imprecisa. Al hablar de modernidad y postmodernidad es necesario tener en cuenta que esos términos tienen un significado en las ciencias sociales y otro en la filosofía. Tal vez desde la perspectiva de ciertos paradigmas de las ciencias sociales, como la de Peter Berger y Thomas Luckmann, la postmodernidad pueda identificarse con una cultura narcisista, aunque posiblemente no es la única entrada sociológica posible al asunto. Pero desde el ámbito de la filosofía la postmodernidad está lejos de identificarse con una cultura narcisista, sino que más bien tiene que ver con la crisis de la Razón moderna y del paradigma de la conciencia, y la apertura a la intersubjetividad y al paradigma del lenguaje. De tal manera que desde la ética contemporánea no se afirma la narcisista doctrina del “todo vale”, sino, dicho con Vattimo, “todo lo que vale vale”, es decir, todo aquello de lo que se puede ofrecer una justificación plausible y está abierto a las críticas tiene su valor.
Si es que no se tiene una evaluación más filosófica del proceso y de los conceptos ético-político que caracteriza a la postmodernidad o la también llamada modernidad tardía, es difícil saber con suficiente precisión qué exactamente se rechaza de ésta, y en qué se está de acuerdo con los fundamentalistas y en qué en contra al rechazar la cultura contemporánea. Aquí queda claro que es necesario que el sector católico que asume la teología moderna y los métodos histórico – críticos provenientes del mundo protestante incluyan una mayor reflexión sobre los conceptos. Para ello es necesario no sólo que dialoguen con las ciencias sociales o la psicología sino que profundicen más su contacto con la filosofía.
[3] En este punto me siento cercano a las aproximaciones a la filosofía de la religión y a la teología que comparten Gianni Vattimo y Agustín de Hipona respectivamente. Encuentro en Ecce homo de Nietzsche una aproximación similar en el campo de la filosofía. Lo que comparto con todos ellos es la conveniencia de hacer filosofía de la religión (o filosofía en general, con Nietzsche) desde una perspectiva testimonial. En este mismo sentido no comparto la aproximación estrictamente analítica de Henry Galecio en “La concepción fundamentalista del mal: el caso del Islam”, pues no cuenta como un testimonio que rompa la dicotomía moderna sujeto (académico) – objeto (de estudio), además de trabajar el fundamentalismo islámico desde un punto de vista demasiado externo al mismo Islam, sin referirse a las mismas tradiciones internas a esa religión, ni al Corán ni a las propias interpretaciones que los creyentes islámicos tienen de sí mismos.
[4] Sería necesario examinar también si todo integrista es necesariamente fundamentalista. De hecho el Imperio Otomano era integrista, pero permitía la existencia en su interior de comunidades cristianas y judías.
[5]Cf. BRUCE, Steve; Fundamentalismo, Madrid: Alianza Editorial, 2000. Además, ARENS, Eduardo; ¿Cuál verdad?. Apuntes sobre el fundamentalismo, en Páginas N° 188, agosto 2004, pp. 36-52.
[6] Inicialmente los fundamentalistas formaban sectores al interior de sus propias iglesias y se reunían en la llamada Asociación Mundial de los Fundamentos Cristianos, pero posteriormente – al ver que el proceso de modernización no se detenía- se separaron de sus iglesias y formaron un grupo específico dentro del mundo protestante. De este modo el fundamentalismo surge en el cristianismo evangélico como actitud combatiente no contra el “otro” (como en el caso del Islam vs Occidente), sino contra una parte de los nuestros que pervierten nuestra fe desde dentro.
[7] Sigo en esta parte a Klaus Kienzler y a Steve Bruce. KIENZLER, Klaus; El fundamentalismo religioso. Madrid: Alianza Editorial, 2000. BRUCE Steve; Fundamentalismo, Madrid: Alianza Editorial, 2000.
[8] El peso de los fundamentalistas en los gobiernos norteamericanos ha sido tal que han conseguido la prohibición de la enseñanza del darwinismo en las escuelas públicas. Además consiguieron influir en la eliminación de la educación sexual de las escuelas públicas. Ello lo consiguió en 1973 Alice Moore y sus seguidores en Virginia Occidental. Además Moore inició una campaña en contra el peso de lo que denominó el “humanismo laico” en las escuelas. No lo ha sido tanto como para prohibir la práctica de abortos en las clínicas estadounidenses, pero grupos fundamentalistas han actuado violentamente en esas clínicas y han amedrentado a médicos y enfermeras.
[9] El término “pensamiento único” alude directamente a la crisis de los llamados “sistemas socialistas reales” y el advenimiento del capitalismo y el libre mercado como la concepción dominante en un mundo que ha abandonado, en ese sentido, la bipolaridad.
[10] Hace poco Humberto Eco público un artículo en la prensa internacional que resulta ser sumamente aclarador. En él dice que “lo que se tacha de fundamentalismo es, (...) más bien, una actitud clásica (o tentación perenne) del pensamiento religioso (no sólo cristiano sino también islámico) que es el integrismo y, es decir, la pretensión de que los principios religiosos deben ser también modelo de vida política y fuente de las leyes del Estado”. Diario Le Monde, sábado 20 de Agosto del 2005.
[11] Steve Bruce intuye esta distinción entre fundamentalismo e integrismo cuando señala que el fundamentalismo norteamericano es “individualista” mientras que lo que él denomina fundamentalismo islámico (que en realidad es integrismo) es “comunitario” y de carácter político. Op. Cit. p. 22. En realidad ambos fenómenos tienen consecuencias políticas. Si bien el fundamentalismo norteamericano parece ser apolítico es clara la presión que ejercen sus representantes en el sistema político estadounidense. La distinción no es entre político y apolítico, sino entre aceptación o no de la democracia liberal. El fundamentalismo la acepta, mientas que el integrismo la rechaza. Es más, el fundamentalismo utiliza los mecanismos de la democracia liberal para incrementar su fuerza en la sociedad. Dicha aceptación de la democracia liberal no hace de los fundamentalistas unos demócratas y unos liberales. Su relación con el sistema político pluralista es simplemente instrumental. Ciertos grupos fundamentalistas si pudieran, rechazarían la democracia liberal, pero puesto que no tienen el poder político necesario se ven forzados a convivir con la democracia. Lo que los distingue del integrismo es que toleran la democracia.
[12] Cf. MAARLOUF, Amin; Identidades asesinas, Madrid: Alianza Editorial, 2001.
[13] Hood, Jr., Ralph W., y otros, The Psychology of Religious Fundamentalism, New York: The Guilford Press, 2005.
[14] En este punto considero acertada la anotación de Eduardo Arens. El ha señalado que la pretensión del fundamentalista de encontrar los referentes de lectura exclusivamente en el texto y no en elementos externos resulta ser ingenua. El fundamentalista interpreta un pasaje sobre la base de otro pasaje que se tiene como referente de interpretación. La ingenuidad consiste en esto en dos creencias. La primera es el creer que el proceso de selección de “pasajes fundamentales” que sirvan de clave interpretativa de los demás textos no requiere de un referente externo. En realidad es el líder de la iglesia quien ha seleccionado, sobre la base de criterios externos, no internos, esos pasajes. La segunda creencia ingenua es la de asumir que los “pasajes claves” se le ofrecen sin interpretación alguna, cuando en realidad el líder no sólo le indica cuáles son los pasajes importantes sino cómo ha de leerlos
[15] Este rechazo de la interpretación explica el rechazo que desde ciertos sectores del protestantismo se produce por los métodos modernos de estudios bíblicos. Estos métodos de investigación afirman que las escrituras son literatura sagrada, y en cuanto tales son susceptibles de ser estudiadas utilizando los métodos de estudios de textos literarios. Todos estos métodos hermenéuticos se han reunido bajo el título de método histórico-crítico. La objeción que desde los sectores fundamentalistas dentro del protestantismo se levanta es que las sagradas escrituras no pueden ser entendidas como literatura, sino como revelación directa de Dios, lo que no sólo permite, sino que exige una lectura literal. Es necesario completar esta consideración sobre la lectura literal señalando que hay ciertos sectores en el catolicismo que van codo a codo con estos sectores protestantes y asumen una lectura literal de la Biblia.
[16] Ahora bien, el peso que cada referente tiene respecto de los demás es discutible. Cada grupo al interior del catolicismo acentúa más uno por sobre los demás. Pero junto al acento está también la cuestión de cómo –la actitud con la que- se acentúa la fuente de la fe. Cuando el acento está puesto de modo literal, tenemos una forma de fundamentalismo. Pero para avanzar más en esta elucidación hemos de discutir de qué modo es posible tener una relación literal con la tradición y el dogma.
[17] Recojo la intuición según la cual es posible tener algunos de estos tres tipos de fundamentalismos del clásico trabajo de Klaus Kienzler, titulado El fundamentalismo religioso. Cristianismo, judaísmo e islamismo (Madrid: Alianza Editorial, 2000). La elaboración que presento en este trabajo tiene como base esta distinción, pero la elaboración y la discusión que presento es propio.
[18] Respecto de la relación con el contexto vital hay que señalar que el fundamentalismo exige a sus adeptos creer desconociendo el mundo o considerando el mundo como un enemigo de la fe y la salvación. De este modo, el fundamentalista católico desconoce ciertos textos del Concilio Vaticano II en el que expresamente la Iglesia asume una actitud de apertura frente al mundo moderno, no de rechazo.

[19] Pensemos, por ejemplo, en los debates por medio de los que la Iglesia primitiva eligió, del conjunto de textos y evangelios que circulaban en el mundo cristiano, los textos canónicos; o la discusión sobre si el cristianismo debía aceptar sólo a judíos o abrir sus puestas también a gentiles, debate que se haya consignado en los Hechos de los apóstoles.
[20] KANT, Inmanuel; Crítica de la razón pura, Madrid: Alfaguara, 1989.
[21] ADRIANZÉN, Alberto, La nueva extirpación de idolatrías, en La República del 16 de diciembre del 2006.
[22] Respecto de la relación entre catolicismo o cristianismo y política es necesario anotar que en muchos países tal relación se ha tergiversado cuando se han generado partidos políticos de expresa orientación confesional. Ello resulta ser ilegítimo por dos motivos. En primer lugar, porque dichas agrupaciones políticas tratan llevar una agenda política confesional a la vida política de la sociedad en su conjunto, lo que termina siendo una coacción de la libertad de los demás miembros de la sociedad. Pero, además, se produce una coacción de la conciencia política de los mismos creyente al tratar de identificar el cristianismo programas políticos específicos de un partido. Los cristianos y los católicos han de tener el derecho de optar por las opciones políticas que prefieran libremente. De este modo partidos confesionales como Democracia Cristiana, Partido Popular Cristiano y todas las demás agrupaciones políticas que utilizan el término “cristiano” como un adjetivo deben ser denunciadas por las autoridades de la Iglesia ante las autoridades electorales de los países en cuestión.
[23] JAMES, William; Las variedades de la experiencia religiosa, Barcelona: Ediciones Península, 1994.
[24] KANT, Inmanuel, Respuesta a la pregunta qué es la Ilustración, En: Erhard, Herder, Kant..., ¿Qué es la Ilustración? Madrid: Tecnos, 1999, cuarta edición.

¿Democracia dentro y fuera de la Iglesia?

Desde fuera de la Iglesia Católica se puede tener la falsa impresión de que ésta tiene una sola y monolítica posición frente a la democracia y a la secularización. Esta impresión errónea es una suerte de ilusión óptica que algunos sectores de la Iglesia han y siguen promoviendo. Pero el hecho es que a lo largo de la historia han surgido y coexistido diferentes posiciones respecto de la relación Iglesia y mundo, lo cual trae como consecuencia en la actualidad diferentes maneras de interpretar la relación Iglesia y democracia secularizada en el seno de la comunidad eclesial.
Lo que interesa aquí es explorar las posibles posiciones que la Iglesia Católica puede asumir frente a los fenómenos de la democracia y el secularismo. Pero, como cuestión preliminar, es necesario aclarar el concepto de democracia que aquí se utilizará y el lugar que ocupa en ella el fenómeno de la secularización. Por ello, la interpretación que realizaré de la democracia tomará como punto clave su relación con lo religioso (1), para luego poder enfrentar el tema de las posiciones que adopta la Iglesia Católica respecto de la democracia y su potencial secularizador (2). Puesto que mi propia tradición religiosa y la que más conozco es la católica y me encuentro comprometido con ella, he centrado mi consideración sobre el cristianismo a su versión católica. Por mi propia opción religiosa procuraré ofrecer aportes que considero serían saludables para la Iglesia Católica (3).

1.- La democracia liberal:

La democracia liberal no sólo es un sistema de vida política, sino también un modelo normativo para la vida política. Presentaré aquí el modelo normativo (a), pero puesto que el mismo modelo se encuentra en plena discusión, recogeré algunas objeciones hechas al modelo de democracia que estoy presentando e intentare ofrecer algunas respuestas, en la medida de mis posibilidades (b).

a.- La democracia como modelo normativo para la vida política.

Por democracia no entiendo aquí todo tipo de democracia[1], sino sólo a la democracia liberal tal como se entiende en la teoría política contemporánea, teoría heredera de la tradición inaugurada por John Locke y complementada en sus tres vertientes en lo que refiere a su justificación: la comunitarista (como en Charles Taylor, en Michael Walzer, y en Perú Gonzalo Gamio), la liberal (John Rawls, en quien se puede encontrar elementos republicanos, como por ejemplo la Idea de Razón Pública) y la deliberativa (Jürgen Habermas, que acentúa también elementos republicanos). Si bien estas posiciones respecto de la justificación de la democracia liberal tienen sus diferencias respecto a ontología social y argumentación, no me detendré aquí en esas diferencias, pues tal investigación me tomaría todo el artículo y aún más.
La democracia liberal representa el esfuerzo por constituir un sistema político y un marco jurídico que permita la coexistencia de ciudadanos que se adhieren a distintas concepciones religiosas o de lo bueno, donde la virtud fundamental es la tolerancia. Como tal, ésta se presenta como un “modelo normativo” o como lo que Kant denominaba “idea regulativa” para la vida jurídica y política de las sociedades modernas y contemporáneas que tiene como fin el terminar con la guerra civil y lograr la pacificación interna por medio de la tolerancia entre las partes[2].
El modelo de democracia liberal que aquí tengo presente no excluye la presencia de lo religioso en la esfera pública, siempre que el Estado no enarbole ningún símbolo o creencia religiosa particular. No se trata, sin embargo, que el Estado prohíba la manifestación religiosa de los ciudadanos en espacios públicos. El modelo de democracia liberal que tengo presente no asume el modelo laicista francés, en el cual lo “laico” significa la expulsión de todo lo religioso y lo referente a modelos de vida buena de los espacios públicos, con lo que se consigue que lo “laico” se convierta en una forma de “religión oficial”.
El modelo de democracia liberal que tengo presente para este análisis es un “modelo”, como indica su nombre, pero que se ha ido constituyendo en la vida política en occidente desde el siglo XVII y que ha ido incorporando aspiraciones de los agentes modernos y contemporáneos a lo largo de los últimos siglos. La democracia liberal surge como un rechazo al mal que significó la guerra de religiones en Europa durante los siglos XVI y XVII[3]; se trata de un rechazo de dicha experiencia que ha sido cruenta y dolorosa. En ella los combatientes no luchaban por su patria o por su rey, sino en nombre de Dios y por Cristo, y no lo hacían por exceso de odio o mezquindad personal o partisana, sino por un supuesto “exceso de amor”, exceso que no permitía la convivencia sobre la base de la tolerancia de las diferentes versiones del cristianismo. De esto resultan ser testimonio y legado intelectual y político las obras Hobbes y Locke.
La “toma de partido por”, la “coherencia con” y el “amor a” exigen que se explicite cuáles son los contenidos con los que estas actitudes y compromisos se encuentran involucrados. No basta ser coherente, sino que es legítimo preguntarse ¿coherente con qué?. Lo mismo vale para la toma de posición y el amor. Esto ya lo había percibido Locke cuando a propósito de la guerra entre diferentes versiones del cristianismo sostenida en Inglaterra dice en su Carta sobre la tolerancia de 1685 que

“...la tolerancia es la característica de la verdadera Iglesia. Pues aunque algunos blasonan de la antigüedad de lugares y nombres o del esplendor de sus ritos, otros de la reforma de sus enseñanzas, y todos de la ortodoxia de su fe (ya que cada uno se considera ortodoxo), estas y todas las demás pretensiones de esa clase puede que sólo sean señales, no de la Iglesia de Cristo, sino de la lucha de los hombres son sus semejantes para adquirir poder y mando sobre ello”[4].


Las aspiraciones y la constitución de las democracias liberales tienen como trasfondo, pues, el conflicto entre versiones del cristianismo y el problema sobre lo religioso. No necesariamente porque se deriven de los sistemas religiosos o del cristianismo, aunque resulta plausible sostener que en el cristianismo podemos encontrar gérmenes del liberalismo, como veremos más detenidamente en la última posición esbozada en la siguiente sección[5]. Por el momento vamos a señalar la relación entre religión y democracia liberal desde el punto de vista de la guerra entre versiones del cristianismo en Europa, especialmente Inglaterra. La necesidad de la instauración de la paz hizo que políticos y teóricos de la época vean la necesidad de establecer la separación de la esfera de lo político y la esfera de lo religioso, de modo que lo político no dependa de lo religioso y viceversa. Así, no importe quien encarne poder político vigente, los ciudadanos podrían adscribir a sus propias opciones religiosas sin problemas. En la democracia liberal en Estado resulta ser no confesional o lo que podríamos llamar secular. El espacio político está cubierto por el manto de lo secular; nadie suele esgrimir razones religiosas para la toma de decisiones políticas.
Existen en la práctica política contemporánea gobiernos podrían ser tomados como modelos de democracia, pero que en realidad representan distorsiones del poder democrático. Por ejemplo, entre las razones por las cuales George W. Bush sugirió al pueblo americano y a los Estados europeos que valía la pena tirar bombas sobre Kabul y Bagdad se encontraban apelaciones religiosas que invitaban a combatir, en nombre del “Bien y de Dios” al “reino del Mal y del Demonio”. Lo mismo sucede para el caso de salud sexual y reproductiva en Perú. El preservativo, las píldoras anticonceptivas, la píldora del día siguiente y el aborto son combatidos políticamente usando, entre otros, argumentos de tipo religioso. Esto suele suceder en países democráticos en los que ciertas facciones religiosas no razonables tienen fuerza política. Tales fenómenos terminan por establecer formas distorsionadas de poder democrático. Más adelante señalaré cómo ciertos sectores cristianos que tienen tales pretensiones distorsionadoras sobre el funcionamiento democrático no son consecuentes con el mismo cristianismo. Tales sectores eclesiales tienen una posición ambigua frente a la democracia y la tolerancia. En los lugares donde no tienen la fuerza suficiente para prevalecer sobre los demás grupos sociales abogan por la tolerancia y la democracia –puesto que ello los favorece estratégicamente-, mientras que allí donde tienen la fuerza y el poder suficiente abandonan su falso espíritu tolerante y democrático.

b.- Discusión sobre el modelo normativo de la democracia

Al modelo de democracia liberal que he presentado arriba se han hecho dos objeciones importantes y que me permiten desarrollar aún más mis intuiciones al respecto[6]. Procuraré darles respuesta, pero necesitaré un periodo mayor de reflexión para responder satisfactoriamente a ambas. Puesto que las objeciones exigen elaboración y espacio, voy a permitirme abrirles inmediatamente unos acápites. El orden en que aparecen no alude a ningún tipo de jerarquía, sino que responden al orden en que han sido formuladas.

Primera objeción

Ésta subraya la diferencia que existe entre democracia liberal y democracia republicana, y señala a la segunda como superior o incluso superación de la primera. Se apunta así directamente a la conexión conceptual (inclusive en lo que respecta a la ontología moral) que existe entre el liberalismo de Locke y el de los nuevos liberales como Rawls y Habermas. Todos comparten una ontología moral atomista, lo que hace que tenga más peso la libertad individual que los lazos éticos de reconocimiento entre los ciudadanos. El republicanismo, en cambio, entiende que las libertades y los derechos de los ciudadanos se constituyen y se enmarcan en una comunidad donde se establecen lazos éticos y frutos de un ejercicio deliberativo, y se levanta sobre la base de una ontología social de corte aristotélico.
Pero dejamos de lado, por un momento, la discusión respecto de la ontología social que subyace a ambas concepciones, podemos ver que ciertamente, hay una riqueza mayor en el republicanismo que en el liberalismo del siglo XVII. Pero no es cierto que en la concepción del último Rawls y en Habermas tenemos un liberalismo del siglo XVII, sino que se incorporan elementos republicanos importantes, de tal manera que en ellos se puede observar un debilitamiento de la línea demarcatoria entre liberalismo y republicanismo.
Sobre la base de ese adelgazamiento de la distinción entre liberalismo y republicanismo he sostenido que el modelo de democracia liberal que sostengo incorpora un espacio de deliberación pública en la que se produce la ley. Así, podemos encontrar un gran componente republicano en el modelo de democracia liberal que presento. El republicanismo no necesariamente implica que razones religiosas sean consideradas por los agentes de la política estatal, sino que el republicanismo se encuentra mejor expresado en las teorías de la “voluntad general” en Rousseau o la “voluntad unificada del pueblo” en Kant. En estas figuras de articulación del poder político de la ciudadanía lo que sucede es que los miembros de la comunidad política delibera sobre cuestiones que puedan ser razonablemente aceptables por todos, teniendo en cuenta que adscriben a distintas concepciones de lo bueno y tienen diferentes creencias religiosas. El componente liberal se encuentra en que el sistema político está diseñado para proteger especialmente las libertades de los ciudadanos.
Ciertamente, en estos modelo de democracia republicana que vela por la libertad algunos valores religiosos pueden ser pertinentes para la deliberación política, siempre y cuando no implique la adhesión de todos los ciudadanos a determinadas creencias religiosas o concepciones de vida buena, o coloque a quienes no tienen tales creencias religiosas y de vida buena en desventaja, sino que se expresen en su forma secularizada. Sobre la base de esta manera de entender el republicanismo, que incorpora la dimensión participativa de la ciudadanía en la democracia liberal, considero que la distinción republicanismo y liberalismo se relativaza[7].

Segunda objeción

Esta señala que entre las contemporáneas sociedades democráticas que valen la pena tener en cuenta encontramos dos tipos: las liberales (que corresponden a lo que he descrito) y las republicanas. De acuerdo a esta objeción, las sociedades republicanas admiten argumentaciones religiosas para la política y legislación estatal. Estas sociedades estarían ejemplificadas por ciertas sociedades islámicas contemporáneas, donde la mayoría de la población adscribe una religión determinada. A dicha objeción he de responder que lo que caracteriza a las sociedades democráticas contemporáneas es fundamentalmente el pluralismo en creencias religiosas y concepciones de vida buena que tienen los ciudadanos. Dentro de este pluralismo de concepciones de vida buena que componen la democracia contemporánea es importante evitar que la mayoría, que podría compartir una determinada concepción religiosa o de bien, tiranice a las minorías disidentes. En este sentido sigue siendo válida la exigencia de respeto de las libertades de la minoría que John Stuart Mill había presentado a fines del siglo XIX[8].
Se levanta, entonces, la pregunta ¿qué hacemos con las sociedades “republicanas” –si cabe el término- islámicas? Ciertamente no diremos que se trata de sociedades democráticas, puesto que las leyes marcadas religiosamente no representan a todos, o el sistema de “ciudadanía diferenciada” que caracteriza a algunas de ellas no las hace sociedades democráticas. De esta manera, este tema específico nos desplaza al asunto de la legitimidad de sociedades no democráticas al interior del derecho internacional. No abordaré ese asunto, pero puedo señalar que la respuesta más lúcida que he encontrado al respecto es la que John Rawls ha dado en su Derecho de Gentes, donde trata el tema de las “Jerarquías consultivas decentes”. En las sociedades no democráticas donde el gobierno se realiza por medio de esta clase de jerarquías todos los ciudadanos tienen voz, pero por un sistema de castas, sólo algunos tienen voto. Lo que las hace decentes es que las decisiones recogen la voz de todos a modo de consulta. Aquí cierta marca cultural-religiosa hace que los ciudadanos tomen diferentes posiciones en lo que a derechos políticos se refiere.
Por otro lado, si bien es cierto que la secularización durante los primeros siglos de la modernidad fue un proceso adverso a la creencia religiosa, proceso en el que se perseguía en el seno de la sociedad a religiosos, sacerdotes y laicos, de incendiaban iglesias y se realizaban atrocidades, en la actualidad la secularización no tiene esa significación negativa. De acuerdo al modelo de la democracia liberal que recoge las intuiciones políticas contemporáneas, la secularización se aplica exclusivamente al ámbito de la política del Estado. Al interior de la sociedad civil y respecto de la participación de los ciudadanos en los espacios públicos lo religioso es permitido y tener su espacio. Aquí, la secularización en las sociedades contemporáneas no significa, en modo alguno una posición adversa a lo religioso, tal como sucedía en la modernidad temprana, en donde se descalificaba a lo religioso como superchería, fuente de prejuicios o enajenante.
En las sociedades democráticas contemporáneas se reconoce más bien en valor positivo que pueden tener las creencias religiosas sobre la vida de las personas, además de ser un elemento importante para la cohesión social, tal como ya lo había anotado Alexis de Tocqueville[9] en su descripción de la democracia estadounidense. Con la expulsión de lo religioso del campo político, lo que se procura evitar es que la mayoría o un grupo influyente pueda monopolizar la capacidad de toma de decisiones del Estado y así arrinconar a los otros grupos, tiranizándolos. Se procura defender, en última instancias los derechos de las minorías.

2.- Iglesia Católica y democracia liberal.

Veamos ahora las diferentes actitudes de los diversos sectores de la Iglesia Católica respecto de la democracia y la secularización[10]. Procederé de una manera analítica y esquemática pero que espero permita orientarnos en el pensamiento y levantar algunos fenómenos contemporáneos importante respecto al comportamiento político y el pensamiento filosófico de los sectores católicos más relevantes.
Para ello, construiré mi análisis sobre la base de dos proposiciones que suelen tener relevancia al momento de tratar la relación Iglesia – mundo:

Proposición (A):

“La Iglesia Católica tiene que ser necesariamente jerárquica y no democrática en su interior”.

Proposición (B):

“La Iglesia Católica tiene que combatir la secularización que la moderna sociedad democracia produce, y por tanto, tiene que combatir la democracia liberal”

Si aplicamos valores de verdad a ambas proposiciones (verdadero o falso), podemos obtener una combinación de cuatro posiciones definidas, que arrojará un mapa ideológico respecto de la relación que los diferentes sectores de la Iglesia Católica podría adoptar respecto de la democracia y la secularización.
La primera posición asume como verdaderas ambas proposiciones, es decir, que la Iglesia no debe aceptar la democratización en su interior ni la democracia en el mundo. A esta denominaré “cristianismo paleoconservador” o “esquema 1”. La segunda posición asume la verdad de (A), pero la falsedad de (B), de manera que, de acuerdo a ésta, la Iglesia debe ser una jerarquía al interior, pero debe aceptar la democracia en el mundo. Llamaré a ésta la “posición conservadora” o “esquema 2”. La tercera posición asume la falsedad de (A) y la verdad de (B), con lo que dice que la Iglesia debe ser democrática en su interior, pero no debe de aceptar la democracia en la sociedad. Llamaré a esta la “posición 3”. Finalmente, la cuarta posición asume que ambas proposiciones son falsas, con lo cual se estaría afirmando la exigencia de democratizar los dos ámbitos. Llamaré a ésta “posición liberal” o “esquema 4”. Resulta sumamente improbable que alguien abogue por el esquema 3. Nadie en la historia de la Iglesia lo ha hecho, de tal manera que podemos realizar nuestro análisis sobre la base de tres de los cuatro esquemas que surgen de la tabla de verdad (los esquemas 1,2 y 4).

(a).-El cristianismo paleoconservador o esquema 1.

Haciendo referencia a un término utilizado por el filósofo Gonzalo Gamio, denominaré a esta postura como paleoconservadora[11]. Esta posición afirma que la Iglesia ha de ser en su interior completamente jerárquica y sin ningún espacios para la democratización. Además sostiene que la Iglesia debe oponerse a la democratización política en el mundo, o por lo menos cuestionarla.
De acuerdo con el esquema 1 el poder en la Iglesia tiene una relación directa con la Verdad. La Verdad referida aquí es la verdad revelada en la Biblia. Se afirma además que hay una única lectura correcta de las Escrituras Sagradas y que sólo la jerarquía de la Iglesia tiene la potestad de indicar el sentido que debe tener dicha lectura. La jerarquía contaría con una infusión especial que viene directamente de Dios, que le da el poder de ser el interprete exclusivo de la verdad.
Puesto que Dios ha ungido a la jerarquía con el poder de interpretar la verdad, ésta debe dominar en las relaciones al interior de la Iglesia, de modo que deben marcar la pauta no sólo respecto a la verdad revelada, sino respecto de las relaciones políticas al interior de la Iglesia. De esta manera se fortalece el poder de las autoridades en la Iglesia (el papado y los obispos en relación a los sacerdotes; los sacerdotes en relación de los religiosos y los laicos; los religiosos en relación a los laicos). Al mismo tiempo se debilita la organización y la articulación de los movimientos laicales. Estos fenómenos abonan en dirección a la creencia de que el término “Iglesia” refiere exclusivamente a la “jerarquía eclesial”.
En lo que se refiere a la relación entre la Iglesia y la sociedad la dinámica no varía sustancialmente. El esquema de dominación que opera hacia el interior de la Iglesia se reproduce en la sociedad. Puesto que esta verdad sería una verdad sobre Dios y el hombre, la jerarquía de la Iglesia se entendería como autorizada a marcar la pauta política también en el mundo. Se instaura así el principio por el cual la jerarquía de la Iglesia debe combatir la democracia en la sociedad e instaurar su dominio político, por medio de una teocracia.

(b) El catolicismo conservador o esquema 2.

La segunda posición sostiene la verdad de (A) y la falsedad de (B), esto es: organización jerárquica al interior de la Iglesia, pero para el mundo democracia y secularización. De esta manera, la Iglesia podría llegar comprometerse con la democratización en el mundo, pero seguir manteniendo la jerarquía al interior de la comunidad eclesial. Tal vez hacia adentro podría sostener no un régimen monárquico, como el del papado, sino una aristocracia o gobierno de los más preparados y prudentes, tal como sucede en algunas órdenes religiosas como los franciscanos y dominicos, pero no se puede aspirar a mayores dosis de democratización eclesial.
En esta posición podemos distinguir dos subposiciones: 2-a y 2-b. La posición 2-a representa la derecha esquema 2 y sostiene que la Iglesia debe ser jerárquica al interior y que para el mundo se debe tolerar la democracia y cierto grado de secularización de modo estratégico, mientras no se tenga el suficiente poder para combatirla abiertamente. La posición 2-b representa la izquierda del esquema 2 y sostiene de buena fe que la democratización en la sociedad es un bien, pero que había razones de peso para que la Iglesia siga siendo jerárquica. Entre tales razones se señala que la democracia no es un sistema político perfecto y que es bueno que la Iglesia tenga un sistema político (monárquico o aristocrático) que sea distinto al de la sociedad democrática, con el fin de que sirva de contrapeso, es decir, como punto de referencia crítico[12].
Ahora bien, algunos defensores del esquema dos (especialmente del esquema 2-b) podrían argüir que entre los esquemas 1, 2 y 4, la mejor posición es 2, en especial el punto medio del abanico que 2 representa (específicamente 2-b). Quienes afirman esto arguyen que el punto intermedio de 2 representa el punto medio aristotélico, es decir, el punto señalado por la phrónesis o sabiduría práctica.
La phrónesis aristotélica es una captación o visión intelectual del justo medio que representa la virtud, punto intermedio entre dos clases de vicios, unos por exceso y otros por defecto. De esta manera, la referencia del justo medio en este contexto significa que se tiene un poder humano de captar en punto intermedio entre el exceso de democratización y el defecto de ella. Donde la democratización realizada plenamente, es decir, tanto fuera como dentro de la Iglesia, sería un vicio. Con esto se está confiando en que una persona o una clase determinada de personas tienen la facultad innata o adquirida de saber qué conviene, y serían quienes deberían tomar las decisiones en la Iglesia. Si se cree que es innata, es algo que difícilmente puede sostenerse dentro de los parámetros del cristianismo. Si se cree que es adquirida, habría que justificar porqué, en principio, no todos pueden adquirir esa facultad.
La referencia a la ética aristotélica tiene sus problemas. Se asume, a través de ella, que la posición más adecuada para la Iglesia sería el punto medio de 2. Pero ello supone asumir que el justo medio aristotélico se relaciona con una proporción aritmética necesariamente. En libro V la Ética a Nicómaco, se señala que el justo medio puede referirse también a una proporción geomética, con lo cual lo justo no sería necesariamente el punto intermedio de la posición 2. Es por ello que el recurso a Aristóteles exige mayor argumentación y análisis.
Con respecto de los defensores de la posición 2-b queda aún un punto por precisar, respecto a porqué se debería abogar por la democracia fuera de la Iglesia. Si la democracia se ve imperfecta, no se explica porqué debería fomentarse en el mundo (como se sostiene en 2-b). Si la respuesta es porque el sistema democrático es imperfecto, pero es lo mejor que tenemos y por ello la Iglesia debería de fomentarla en el mundo, entonces habría que preguntarse porqué la Iglesia debería de adoptar un sistema menos perfecto para su organización interno.

(c) El catolicismo liberal o esquema 4.

En esquema o posición 4 representa la posibilidad liberal de tener varias interpretaciones de los contenidos doctrinales de la fe, pero esta pluralidad de interpretaciones no disuelve la fe en el relativismo o en el subjetivismo. Sucede, más bien, que a través del diálogo y la interacción entre los creyentes al interior de la comunidad de fe y entre las diferentes comunidades locales, se va constituyendo la objetividad de los contenidos de la fe por medio de la intersubjetividad.
En el modelo liberal de la Iglesia se instaura una distinción entre creer y saber que es el correlato de la separación entre fe y razón. Esta sostiene que no existe acceso alguno al ámbito del conocimiento de la “Verdad sagrada”, excepto por la revelación bíblica. Aquí la doctrina del acceso a la “Verdad” por “inspiración “ o “unción” no es aceptada. Ahora bien, si ciertamente la Biblia es “Verdad revelada”, esta tradición señala que los textos bíblicos tienen como característica central el ser textos no doctrinarios, sino narrativos, míticos y metafóricos. La Biblia habla de la relación de Dios con el hombre a través de imágenes que exigen siempre ser interpretadas. Así, no es posible obtener un cuerpo doctrinario, ni moral ni teológico, único, fijo y perenne. Si bien se reconoce la pertinencia de un cuerpo doctrinario, desde esta posición se señala que éste se va constituyendo y transformando en la vida de la comunidad de creyentes; si bien se reconoce la importancia de la tradición al interior de la Iglesia, la tradición es entendida como una tradición de interpretación y no como una tradición basada en un cuerpo doctrinario rígido y perenne incuestionable.
El carácter hermenéutico de esta tradición no lo conduce ni al subjetivismo religioso ni al relativismo moral. Se cuenta, más bien, con un criterio fundamental que sirve de pauta de validez de las posibles interpretaciones de los textos sagrados. Dicho criterio es el “principio de la caridad”. No se trata de una doctrina o principio teórico, sino de un principio que se verifica no en la ortodoxia, sino en la vida práctica, en lo que en la Teología de la liberación se denomina la ortopraxis. Se trata del papel del principio práctico de la caridad fue sugerido por Agustín de Hipona. Inmanuel Kant presentó hacia fines del siglo XVIII una versión secularizada en la segunda formulación del imperativo categórico: considera al ser humano siempre como un fin en sí mismo[13]. Gustavo Gutiérrez lo ha reeditado desde los años 70 bajo la forma de la liberación y la exigencia de comprometerse con la liberación integral de los seres humanos, especialmente de los marginados por el sistema social, político, cultural, y J.B. Metz le dio la forma de compromiso con los sufrientes en la historia[14].
La “Verdad”, en el sentido de “Verdad metafísica” o “realismo metafísico” es abandonada y es asumida un sentido de verdad hermenéutico. Sin embargo su perspectiva hermenéutica no significa la disolución de la objetividad del texto sagrado, sino que ésta es reconstituida por medio de la intersubjetividad. Es en el encuentro y el diálogo sobre el texto sagrado que los creyentes ponen en común sus interpretaciones, las van cotejando y enriqueciendo con una serie de elementos que se tienen en cuenta: la propia experiencia de vida de los creyentes, las experiencias de otras comunidades de fe, la experiencia misma de la Iglesia en el momento presente, la tradición de la Iglesia, entre otros elementos.
La disolución de las estructuras ontológicas fuertes que la concepción “Verdad metafísica” representa abre el camino a la disolución de estructuras fuertes en el ámbito político dentro de la Iglesia. Así, se inaugura una tendencia de disolución de las jerarquías autoritarias dentro de la Iglesia, al tiempo que se incrementa el compromiso de los creyentes con la democratización de las sociedades.

a. - La democracia eclesial

La democratización dentro de la Iglesia no consiste en una trasposición de la democracia liberal que opera en la sociedad. La Iglesia democratizada y la sociedad demócrata liberal se distinguen en un punto esencial: en la Iglesia democratizada existe una comunidad de fe, es decir, es una comunidad que comparte una fe específica (en Cristo); en la democracia liberal, en cambio, existe una pluralidad en creencias religiosas. En lo que se asemejan ambas democracias es que no hay un dogma fuerte que justifique una jerarquía autoritaria.
Si bien la comunidad eclesial tiene una fe específica, el proceso de democratización interna supone que no hay una relación jerárquica entre las diferentes espiritualidades que puede suscitar la fe en Cristo al interior de la Iglesia Católica. La comunidad eclesial en su conjunto se presenta como una comunidad plural, donde coexisten múltiples espiritualidades inspiradas en los evangelios, donde todas estas espiritualidades comparten un aire común que se remite, en última instancia, a los mismo evangelios. Estas mismas espiritualidades se entienden como contextuales e históricas y generadas en una determinada época.
Además estas espiritualidades pueden verse entre sí como diferentes, pero se reconocen en su origen común como cristianas y se encuentran en un continuo intercambio vital. Este intercambio y diálogo constante permite la unidad de la Iglesia en la diversidad. A través de la práctica de la fe es que las mismas espiritualidades se transforman a sí mismas, entran en contacto entre sí y se transmiten mutuamente elementos. Aquello que hace democrática esta amplia comunidad eclesial es que ninguna de las espiritualidades se presenta como hegemónica políticamente hasta el punto de tener una relación autoritaria con las otras espiritualidades. Si bien se mantiene la jerarquía de la Iglesia, esto no significa la hegemonía de una de las espiritualidades sobre las demás.
Es necesario precisar aquí un asunto respecto de la jerarquía. En este modelo liberal de Iglesia no se trata necesariamente de eliminar la jerarquía, sino de disolver los rasgos autoritarios que pueden en ella haber. Aquí podemos distinguir dos tipos de modelos de democratización eclesial, 4-a y 4-b. El primer tipo mantiene la presencia de una jerarquía eclesial que ejerce su poder de manera dialogante y trata de establecer puentes de diálogo y encuentro entre los diferentes sectores de la Iglesia. Con ello se consigue hacer valer la diversidad de espiritualidades a la vez que se mantiene la unidad de la Iglesia. El segundo tipo, en cambio, tiende a diluir plenamente la jerarquía. En esta dirección la Iglesia se enrumba en la disolución de la unidad y deviene en una multiplicidad de Iglesias que pueden mantenerse integradas por encuentros “interevangélicos”, pero que se reconocen como Iglesias distintas y completamente autónomas. Con esto la posición 4-b se encuentra fuera de la Iglesia Católica, nos encontramos ya en el campo de las Iglesias evangélicas.
Con esto se completa nuestro mapa de los esquemas eclesiales. Si tenemos en cuenta que el esquema 3 es pensable pero no ha tenido nunca existencia real y es poco probable que lo tenga, podríamos graficar nuestro mapa de la siguiente manera:



Esquema 1 / Esquema 2 / Esquema 4

2-a / 2-b 4-a / 4-b


Si recogemos la sugerencia de Luis Bacigalupo, podemos ver que cada una de las posiciones políticas puede ser defendida de una manera metafísica o una manera no metafísica, podemos complejizar nuestro mapa de la siguiente manera:

Forma metafísica de adoptar cada posición


Esquea1 / Esquema 2 / Esquema 4

2-a 2-b 4-a 4-b


Esquea1 / Esquema 2 / Esquema 4

2-a 2-b 4-a 4-b


Forma no metafísica de adoptar cada posición.

Dejaré para otras investigaciones y para la colaboración de amigos e interesados desarrollar este mapa completo que a sugerencia de Luis Bacigalupo, Juan Anguerri y Gonzalo Gamio a sido articulado y presentado aquí. Para los fines del presente texto sólo basta con desarrollar la primera versión del mapa, pues sólo interesa ver las posiciones políticas al interior de la Iglesia desde la perspectiva de mayor o menor autoridad centralizada. Pero ciertamente, uno podría concepción de la democracia eclesial, pero concebirla de manera metafísica o no metafísica.

a-1.- Algunas consecuencias de la democracia eclesial.

Mencionaré brevemente algunas consecuencias referentes a la producción del pensamiento teológico y a la reflexión moral. Estas consecuencias se refieren específicamente a la posición 4-a. La democratización al interior de la Iglesia y la disolución de las jerarquías eclesiales se funda en la creencia de que los miembros de la jerarquía no cuentan con ningún acceso privilegiado a lo sagrado, de tal manera que la espiritualidad cristiana deja de articularse bajo el modelo clerical o religioso y se convierte en una espiritualidad eclesial, con la cual el laico se siente identificado plenamente[15]. Por otra parte, el pensamiento y la producción teológica queda disponible a todos los miembros de la Iglesia, también al laico, y la producción laical en este ámbito adquiere igual reconocimiento que la del clero.
En el campo de las discusiones y decisiones morales sucede otro tanto. El laico ya no debe acatar la pauta moral que la jerarquía le impone, sino que puede ser autónomo moralmente, ejercitar su capacidad de emitir juicios morales y de regir su conducta conforte a tales juicios. De esta manera cuenta con la posibilidad de ejercitar su juicio crítico. El laico cuenta aquí con una fe adulta, en la cual tiene importancia el desarrollo del juicio moral. Así, todo miembro de la Iglesia está llamado a no renunciar al ejercicio de su propia conciencia en asuntos morales. En este contexto, el debate sobre la educación vuelve a ser relevantes, ya que lo que se entiende por “educar” en este contexto no es inculcar determinados contenidos valorativos, sino conseguir la capacidad de juicio suficiente para orientarse en el universo de valores en conflicto.
Un excelente ejemplo de esto puede encontrarse en la película de Clin Eastwood, Million Dollar Baby, en la que se muestra un personaje que es un laico católico practicante. Frank, el personaje en cuestión, tiene que tomar una decisión respecto si practicar o no eutanasia con un ser muy querido. En forma de confesión consulta el dilema con su párroco. El cura argumenta que existen unas normas morales que tiene que seguir y que se derivan del conocimiento de la Verdad acerca de Dios, de las cuales la jerarquía eclesial es depositaria. Quien no sigue estas normas se pierde en la oscuridad y la muerte eterna. Además, entre esas normas se encuentra la prohibición de la práctica de la eutanasia; en consecuencia Frank no debe acceder al pedido de aquél ser querido en el sentido de que le ayude a morir.
La respuesta de Frank será contestataria. Primero sugiere que son las mismas pautas morales de la jerarquía las que le han hecho perder el rumbo en su vida. Además, mantener al ser querido en le estado semivejetativo en el que se encontraba es como colocarlo en un estado de muerte y no de vida. Así que decide actuar conforme a su propia conciencia. Posteriormente a Frank no se le verá volver a la parroquia, porque la película ya está terminando. Pero, si es el caso que no vuelva a la parroquia, ello no significaría que haya abandonado su fe. Su reflexión moral y su consecuente acción se han encontrado dentro de la órbita de la religión católica.
Como consecuencia de este cuestionamiento del poder de la jerarquía sobre el establecimiento de las pautas para la acción, se da el cuestionamiento del poder político de la jerarquía dentro de la Iglesia y la consecuente exigencia de una democratización del poder. De esta modo se da un pedido de que el obispo de Roma desconcentre el poder, el que los obispos sean elegidos por todos los fieles, y el que los sacerdotes abandonen el celibato como forma de poder “moral” y “político”.

b. - Adhesión del catolicismo liberal a la democratización de la sociedad.

La separación entre fe y razón abre el camino a que la Iglesia no sólo acepte la democracia en la sociedad, sino que se encuentre comprometida con ella. Puesto que no hay una prerrogativa especial de parte de Dios para ningún grupo o persona, la concentración del poder político en manos de unos, el despotismo y el totalitarismo se encuentran condenados desde fe. Puesto que sólo son legítimas aquellas interpretaciones de la Biblia que se valida en la práctica de la caridad, no existen razones desde la fe para exigir que quienes profesan credos distintos se sometan al credo católico. Ello lleva a los católicos a adherir y promover un Estado liberal y plural.
Pero ello no quiere decir que la Iglesia deba ser complaciente con las democracias actuales. Debe, más bien, exigir que los gobiernos y las sociedades contemporáneas deberían explorar y enrumbarse en la búsqueda de la democratización. La democracia no se identifica con un mero gobierno por procedimientos, sino que incluye una búsqueda constante de maneras de hacer que las democracias sean más inclusivas. La Iglesia debería de alentar y exigir a la sociedad y a los gobiernos el realizar este camino. De esta modo, la Iglesia se presenta como instancia crítica respecto de las democracias existentes. Ella vela porque en los sistemas políticos se respecte la libertad de los ciudadanos y las libertades individuales. Ni las dictaduras encubiertas bajo ropaje democrático ni las democracias que protegen exclusivamente las libertades del gran capital son aceptadas por la Iglesia.


g.- Adhesión del catolicismo liberal al proceso de secularización.

El término secularización tiene, en primer lugar, dos espacios de aplicación: el Estado y la sociedad. La secularización del Estado significa lo que ya he presentado en la introducción, es decir, el Estado no tiene, como tal, ninguna adscripción religiosa. Respecto de la secularización social, podemos hablar de dos tipos de secularización. El primer tipo es adverso a lo religioso. Se trata del esfuerzo moderno por eliminar las prácticas religiosas de la vida de las personas. Esta es una secularización “negativa” Pero hay otra clase de secularización que no es fruto de la “irreligiosidad de la modernidad”, sino que es fruto de la misma práctica y del mensaje de Jesús[16] y del mismo cristianismo.
Esta secularización positiva se traduce en un diálogo fructífero entre religión y mundo. La secularización es entendida como un proceso de completud del mensaje de Jesús. De esta manera, el surgimiento del cristianismo en el ámbito religioso trae consigo en signo de la kénosis, es decir, la encarnación de Dios. Se trata de la intuición que aparece con el cristianismo de que en Jesús, siendo Dios encarnado, lo divino se abaja, abandona su posición de poder y jerarquía.
En la línea de la kénosis va la sugerencia de Juan el evangelista respecto de que el Logos –el Verbo o Dios- se haya hecho hombre, sugerencia que escandalizó tanto a los griegos como a los judíos de la época. Ambas culturas, la griega y la judía habían establecido una distinción radical entre lo sagrado y lo profano, de tal modo de decir que Dios se hizo hombre en Jesús es igual a ofender lo sagrado y ser objeto de persecución. Desde la perspectiva de la religiosidad arcaica que judíos y griegos expresaban entonces –y lo que se denomina teología natural-, esta distinción radical entre lo sagrado y lo profano incluía una especie de negociación entre lo sagrado y lo profano: el hombre rinde culto, hace sacrificios y cumple con la ley a favor de lo sagrado y sus mediadores (los sacerdotes –fariseos y maestros de la ley) y a cambio Dios no es violento con el hombre. Si el hombre no cumpliese, Dios desencadenaría su furia[17].
En contraposición de esa concepción de la relación sagrado-profano, el cristianismo sostiene que Jesús viene a romper ese comercio entre Dios y el hombre eliminando el nexo entre la religión y lo violento. Jesús haría esto en dos sentidos. Primero, al mostrarse como Dios hecho hombre despedaza la distinción radical sagrado-profano. Al mismo tiempo, al anunciar que no somos sus siervos, sino sus amigos y al darnos como el mandato superior del amor o caridad. Estos dos movimientos que Jesús realiza a través de sus palabras, acciones y relatos se dirigen a minar el poder de las jerarquías de la época, no en función de instaurar nuevas jerarquías sino en enseñar una religión basada en el amor y la confianza, no en la distinción social y la desconfianza y el temor[18].
De esta manera, el cristianismo se presenta como una religión que tiene una promesa secularizante. La secularización aquí no tiene que ver con la eliminación de la sociedad de las creencias y prácticas religiosas, sino de la disolución de las estructuras morales y políticas endurecidas que no permiten la práctica de la caridad y que someten a algunos seres humanos bajo el yugo de otros hombres con el pretexto de colocarlos bajo el “palio” de Dios. Gracias a la clave de la caridad como principio de secularización se puede entender el pasaje bíblico en el que se dice: si tu brazo te conduce al pecado, es mejor que te lo cortes. Es decir, si ciertas estructuras eclesiales consolidadas y fuertes se convierten en enemigas de la caridad es mejor disolver tales estructuras. De esta manera, el principio cristiano de secularización no es otra cosa que un ir abriendo paso a la caridad. Pero este cristianismo secularizante no se disuelve en una ética profana. La dimensión oracular de la fe permanece, lo mismo que la presencia de una espiritualidad cristiana.

3.-Consideraciones finales.

He presentado los cuatro esquemas que en cuestiones políticas la Iglesia podría asumir. Hemos visto, además que el tercer esquema es descartable, puesto que ninguna facción de la Iglesia a abogado por él. Los otros tres esquemas deben ser entendidos no como compartimientos estancos, sino como en una línea continua, de modo que las variaciones que hay de uno al otro no son de “clase”, sino de “grado”. De este modo, en la extrema derecha se encuentra el punto extremos del esquema 1, y desplazándonos hacia la izquierda de la línea pasamos por el 2 y llegamos al 4. Entre el esquema 1 y 2 se encuentra quien aboga por la democracia en el mundo, pero sólo de manera estratégica y que cuando vea consolidado su poder político y terrenal va a defender un sistema no democrático para un mundo que deberá regirse por los preceptos morales y políticos de la jerarquía eclesial. A medio camino entre el 2 y el 4 (si suprimimos el esquema 3 de la línea, por ser inviable) encontramos a quien encuentra en el esquema 4 la posición más acorde con el evangelio, pero lo considera irrealizable, de tal manera que se ubicará un poco hacia la derecha del 4 o a la izquierda del 2 y asumirá una postura que considerará “realista”.
Considero que la pastoral de la secularización parece presentarse como la más acordes a las intuiciones fundamentales del catolicismo, además permite una relación armónica entre religión, secularización y democracia liberal. Representa la posibilidad de poner al día el catolicismo. Éste, en tanto histórico y conciente de la historicidad de la revelación, puede encontrar que la revelación misma no es hecho cerrado y acabado, sino que continúa en nuestros tiempos y que exige nuevas respuestas a nuevas situaciones.
El camino de la Iglesia se encuentra ante el enorme desafío de entablar un diálogo con el mundo, de manera que pueda, gracias a esta actitud ser fiel a Jesús. Este diálogo no significa de ningún un adecuarse a los tiempos –que es lo que ha estado haciendo la Iglesia hasta el momento, especialmente en estos últimos años, al alinearse con la ola conservadora y derechista que asola el mundo- sino estar atentos a los signos de los tiempos, que consiste en acoger las necesidades y las exigencias de libertad personal que brotan de la vida contemporánea. La Iglesia tiene que entender que su fidelidad a Jesús le exige apertura y diálogo. En un mundo donde abundan los fundametalismos, la Iglesia tiene que ir “contra corriente”.

[1] No tendré en cuenta para mi análisis ni a la democracia ateniense clásica, ni a las democracias revolucionarias o proletarias que proponen los partidos comunistas. Tampoco consideraré las democracias neoliberales que consideran a los ciudadanos como clientes en el mercado de los votos (aquél modelo de democracia que se centra sólo en la dinámica representativa y elimina la dimensión participativa de la ciudadanía), ni tomaré en cuenta el modelo falsamente denominado “nueva democracia” propuesta por el fujimorismo en Perú los años 90, que consiste en un sistema de manipulación, por a través de las instalaciones del Estados y los medios de comunicación cómplices con sistemas dictatoriales, orientado a la manipulación de la ciudadanía masificada y embrutecida por medio del morbo y el terror.
[2] Sobre esto, Cfr. LOCKE, John; Carta sobre la tolerancia, además de Ensayo sobre la tolerancias (ambos en: Ensayo y carta sobre la tolerancia, Madrid: Alianza Editorial, 1999) y su famoso Segundo tratado sobre el gobierno civil, Madrid: Alianza Editorial, 2002. El padre de la democracia liberal lo podemos encontrar en Thomas Hobbes, padres sumamente extraño, puesto que nos ofrece un Estado moderno sin democracia. Su Leviatán, imagen (por cierto, personaje bíblica) que representa la soberanía del Estado, indica que el poder estatal es totalitario. Sin embargo Hobbes mantiene la preocupación central de escapar del estado de guerra de todos contra todos. Cfr. HOBBES, Thomas; Leviatán o materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, México: F.C.E., 1984, así como Elementos del derecho natural y político, Madrid: Centro de estudios Constitucionales, 1979.
[3] Gonzalo Gamio ha desarrollado últimamente la intuición de la democracia liberal como forma de evitar el mal.
[4] LOCKE, John; Carta sobre la tolerancia, en: Ensayo y carta sobre la tolerancia, Madrid: Alianza Editorial, 1999. P. 61.
[5] Tal como los trabajos de Luis Bacigalupo y las investigaciones de Gianni Vattimo y otros han explorado.
[6] Agradezco especialmente a Gonzalo Gamio y a Juan Anguerri por sus cuestionamientos sobre estos asuntos.
[7] Muchas de las discusiones que se han levantado sobre el liberalismo han tenido que ver con la manera en que lo hemos descrito e interpretado. En este asunto me acerco más a la posición de Michael Walzer: en primero lugar, el liberalismo puede entenderse como “un arte de separación de esferas”, gracias a la cual podemos separar la esfera religiosa de la política. En segundo lugar, podemos tener un liberalismo 1 y un liberalismo 2. El liberalismo 1 pasa por Locke y el primer Rawls. El liberalismo 2 es una lectura de la libertad política de los ciudadanos en clave más hermenéutica. Este segundo tipo de liberalismo permite acercarlo al republicanismo.
[8] Cf. MILL, John Stuart; Sobre la libertad, Madrid: Alianza Editorial, 1970. En especial, revisar el capítulo titulado De la libertad de pensamiento y discusión.
[9] TOCQUEVILLE, Alexis; La democracia en América México: FCE, 1996.
[10] Quien quiera comprometerse con mi análisis de entrada deberá tomar una posición adversa contra aquellos sectores en la Iglesia Católica que sostienen la tesis de la unidad monolítica y de pensamiento único dentro de la Iglesia. Con esa tesis los sectores más conservadores de la comunidad eclesial creen que la unidad de la Iglesia se construye combatiendo las disidencias y descalificando a las voces disidentes respecto a su propia visión de la relación Iglesia - mundo. Felizmente, estos sectores que exigen la unidad monolítica dentro de la Iglesia no son todos los miembros de la jerarquía eclesial.
[11] Asumo dicho término porque me parece que la denominación alternativa (de neoconservador) no describe adecuadamente el “fenómeno de pensamiento” que se oculta en esta posición. El término paleoconservador tiene la ventaja de que señala con claridad que la posición conservadora que se denota aquí no es para nada nueva, sino de viejo y rancio cuño. Quien la asume lo que hace, en resumidas cuentas, es remontarse, arqueológicamente en la era paleolítica del pensamiento eclesial y teológico, en un movimiento de clara reacción y rechazo de la modernización tanto de la Iglesia Católica como de la sociedad. Es por eso que no resulta adecuado el término “conservador”.
El paleoconservadurismo tiene sus referentes en las áreas intelectuales fuera de la Iglesia, claramente en los teóricos reaccionarios (muchos de ellos de origen católico) como son Joseph De Mestre, Donoso Cortés y Carl Schmitt. El pensamiento reaccionario sostiene de que los procesos de modernización de la sociedad y la cultura que han conducido al surgimiento y fortalecimiento de la sociedad civil y el sistema democrático han resultado ser un error. Ello lo hace amparándose casi siempre en una interpretación poco confiable de Platón (que en otro sitio he denominado “platonismo adulterado” Cfr ¿Porqué no debemos elegir el Análisis Económico del Derecho ...y tampoco el Decisionismo Político? En Foro Jurídico, # 4, 2005). Como consecuencia, los paleoconservadores o reaccionarios sostienen que es necesario procurar volver al ancíen régime o, en su defecto declarar el estado político y social modernos “estado de excepción”, es decir, una situación política en la cual se “suspenden” (es decir, se borran y eliminan) los derechos y las libertades de los ciudadanos. El filósofo italiano Giorgio Agamben, (Cfr. AGAMBEN, Giorgio; Lo que queda de Auschwiz. El archivo y el testigo, Barcelona: Pre-textos, 2000) ha mostrado de qué manera el “campo de concentración” yel “campo de exterminio” resultan ser figuras del “estado de excepción”. No es casual que Schmitt, quien desarrolló el concepto con mayor precisión (Cfr SCHIMITT, Carl; Teología política. Cuatro ensayos sobre la soberanía, Buenos Aires: Editorial Struhard y Cia., 1998 y La dictadura desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria, Madrid: Alianza Editorial, 1999), haya sido el constitucionalista del Estado alemán cuando el partido Nazi se encontraba en el poder. En el Perú podemos encontrar tristes representantes reaccionarios como el bachiller en derecho Eduardo Hernando Nieto y sus amigos, pero ciertamente de manera poco feliz y con escasa destreza argumentativa.
[12] Lo que no se explica es si la monarquía (o la aristocracia) son realmente un mejor sistema político que la democracia, pues de ser igual en bondad o peor, resulta difícil explicar porqué la Iglesia habría de asumirla.
[13] Debo esta intuición a Luis Bacigalupo.
[14] Debo esta última idea a Gonzalo Gamio.
[15] Podemos ver un proceso de apertura y una progresiva participación del laico en la Iglesia en los textos del concilio Vaticano II.
[16] Quien ha desarrollado esta intuición de manera más completa es Gianni Vattimo en dos libros: Creer que se cree Piadós, Barcelona 1996 y Después de la cristiandad Por un cristianismo no religioso, Piadós Barcelona 2003. Cfr. además a J.B.Metz; Teología del mundo.
[17] Sobre este asunto, Cfr. GIRARD, René; Lo sagrado y lo violento.
[18] En Nietzsche, Heidegger y Vattimo podemos encontrar la intuición de que gracias a la presencia del cristianismo, en la cultura occidental se va consolidando un proceso que Heidegger denominó “el fin de la metafísica”. Así, gracias al cristianismo no sólo se elimina la idea de Dios violento, sino además se va diluyendo la idea del Ser metafísico. La no violencia de Dios, representada por la kénosis, y el debilitamiento del Ser metafísico tienen el mismo origen cristiano. Por supuesto, ambos procesos aún no han culminado, es por ello que podemos encontrar aún residuos de pensamiento fuerte en ciertos sectores de la Iglesia y en ciertas concepciones filosóficas.